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miércoles, 13 de mayo de 2020

Historias de un Infierno XIV



He perdido muchas fotos viejas, pero curiosamente éstas aún las conservo...



Recuerdo que escribí sobre esto cuando pasó. No sé por qué lo borré, y menos por qué lo reescribo ahora, pero pues ahí va...



Ya 10 años de lo de "Estefanía & Colegas"...


Como casi todas las joyerías intermediarias, vendíamos marcas pirata. Siempre ha sido lo que más se vende. La razón, sea que todo buen diseño siempre es plagiado, o la falsa sensación de status de la gente (lo que sea que eso signifique) o alguna otra cosa, es irrelevante. Así fue, así es y no hay razón para que deje de ser así en un futuro, sea cercano o lejano.

Era abril, acercándose el día de las madres, y siendo (ya desde entonces) una mala época para las ventas, uno estaba desesperado por vender. Recuerdo que llegaban algunas personas preguntando por esa marca en especial (Estefanía); sin embargo, no pedían nada específico, tomando en cuenta que tienen cientos de modelos diferentes, y cuando se les preguntaba si buscaban alguna pieza en particular, se limitaban a decir “no sé, muéstrame qué tienes”. Labor de venta para disfrazar la desesperación por vender para sacar los gastos (algo que 10 años después no ha cambiado), mostrábamos todo lo que teníamos de la misma. No compraban nada, el fallido intento de venta terminaba siempre en “dame una tarjeta, después volveré”.
"Curiosamente" sólo buscaban esa marca. Las demás ni las pelaban.

Miércoles 12 de mayo de 2010. 13 hrs aprox. Un operativo en la plaza. Entran decenas de policías y otros encapuchados, con pasamontañas y con rifles M-20. Pareciera que vienen por un rey de la droga. Pero no. Junto con todos ellos viene una abogada y un señor viejo, gordo, con la barba mal arreglada y vestimenta desgastada y probablemente sucia, quien resultó ser el “apoderado” de Estefanía. Por último, ubicamos a varios de los policías: fueron los que unas semanas antes iban a preguntar por la susodicha marca (obvio ya en ese momento uniformados, pero antes habían ido de civiles).

Para pronto: es un operativo contra piratería de joyería de Estefanía. Traían una orden de cateo - que no nos permitieron ver de cerca - contra 3 locales, incluyéndonos. Nos hallaron 3 piezas de plata con un valor que no llegaba ni a 500 pesos. A los otros 2 sí les hallaron más. El dueño o el responsable de cada negocio tenía que comparecer ante el Ministerio Público y pagar una multa (?) de 350 mil pesos por establecimiento (!) más un extra que ya no recuerdo, pero que lo hacía ascender aún más. Nos subieron a una camioneta con placas de civil (no sé mucho de estas cosas pero para mí, si no te suben a una patrulla, eso es secuestro). Tras mucho papeleo y demás estupideces de logística, inicia el “traslado” hacia unas cuadras cercanas, donde se detienen para hacer lo mismo y arrestar a otros 3 locatarios (y alargar aún más todo).

19:00 hrs. por fin llegamos al MP de Álvaro Obregón. Nos van a dejar ahí en lo que los abogados de cada uno llegan a un acuerdo con estos cabrones, dependiendo la cantidad de piezas que se les haya decomisado, y si la multa es pagada antes de medianoche; de lo contrario, al día siguiente seríamos procesados y encerrados en el reclusorio. A las mujeres, locatarias y/o encargadas, las mantienen dentro de las oficinas. A los hombres nos meten a una celda de separos. Un cuarto largo, angosto, con 4 celdas. Las 2 de las orillas, cerradas y llenas. Una vacía y sucia. La otra (la que nos toca), vacía, pero con todas las paredes literalmente pintarrajeadas con mierda. El hedor más fuerte y asqueroso que he olido en mi miserable vida. Afortunadamente no nos quitan nada, y yo traigo 2 cajetillas de cigarros, las que nos terminamos en menos de 3 horas entre los 7 que estábamos ahí. Ya no recuerdo si fumábamos por los nervios o para disimular un poco el hedor de las paredes (ni la letrina que había ahí olía tan fuerte).
2:00 hrs. Finalmente los abogados de cada uno han llegado a un acuerdo con el marrano apoderado y la abogata, y cada uno empieza a salir de la celda hacia las oficinas, firmar sepa la madre qué, e irse muy lejos de ahí.
Si hay algún epílogo, es que nos sangraron "solamente" poco más de 100 mil que obviamente no teníamos (y fuimos a los que les fue mejor, a los demás los sangraron aún más), y pagar los préstamos con los que juntamos esa cantidad (y sus respectivos intereses) fue una de las muchas razones por las que nuestro negocio ya no es lo que fue. Lo peor es que, como dije al principio, la falsa sensación de status no se acabará nunca, y las mugres marcas las siguen pidiendo como si no existiese nada más, así que las seguimos trabajando, pero ya muy por debajo del radar...



No tengo ganas de dar mi punto de vista ni llegar a ninguna conclusión, como suelo hacer en estos intentos de escritos. Lo había borrado, lo quise reescribir ahora, es todo.
Lo que sí, finalizo con los puntos “interesantes” de todo ese meollo:


-Cuando nos subieron y se detuvieron a unas cuadras para arrestar a otros locatarios, subieron a uno de ellos a mi lado. Estábamos sentados sobre la lámina de una camioneta, y nos “hicieron favor” de dejar la puerta abierta en lo que reanudaban el traslado. De repente vi, entre todos los curiosos que se asomaban a ver qué pasaba, a un fulano de ascendencia rusa que quiénsabe por qué terminó en México y de chalán de varios fabricantes (lo sé porque más de una vez lo mandaron conmigo a cobrar alguna nota pendiente). Estaba haciéndome señas de “háblale al wey que está a tu lado”. Le llamé al señor a mi lado, que estaba con las manos en la cara, y le susurré “señor, le llama el ruso”. Alzó la cabeza, volteó y vio al ruso, quien igual con señas le dijo “oiga ¿cuándo paso a cobrarle?”...
Fue la “botana” dentro de las celdas, mientras fumábamos como si no hubiese un porvenir, para intentar relajarnos y reír un poco entre toda la incertidumbre.


-No teníamos ni 1 hora dentro de la celda cuando entró un policía al cuarto de los separos a gritar “¡a un lado que viene un herido de bala!”. Salió y al poco rato entraron otros 2 policías cargando a un chavo como de 18 años, gritando y llorando. Pensé que forcejeaba, pero vimos que traía uno de sus tenis bañado en sangre y con un hoyo negro. Aullaba de dolor. Cuando lo dejaron en una de las celdas de las orillas (donde había otros detenidos) uno de los policías le gritó “¡Ya cállate” Y agradece que existen Derechos Humanos, si no, me cae de madre que te hubiésemos rematado, hijo de tu puta madre”.
Tras un rato cesaron los gritos y los policías se fueron. No sé si lo anestesiaron o algo, pero ni volvió a gritar en el tiempo que estuvimos ahí, ni persona alguna fue a atenderlo o mínimo ver cómo seguía...



-Por ahí de las 22 hrs entró un policía a ver que todos los reos estuviesen tranquilos. Le sorprendió ver que nuestra celda estaba abierta (o así de inofensivos somos los joyeros o -como ya se habrán imaginado - fue un vil circo para sangrarle el dinero a los pobres pendejos que tenían su mercancía pirata a la vista de todos) y se acercó. Nos preguntó (con un marcado y nada fingido acento norteño) si acaso éramos unos narcos o algo así. Le platicamos rápidamente la historia y se quedó más confundido, y exclamó “¿y pa’qué jijoelashingada los trajeron aquí, si este MP es para drogadicción? Hasta donde sho sé, todo lo de deresho de autor corresponde al MP Cuauhtémoc... Nooo pos la verdá’ no quiero opinar nada, pero pues hasta pa’ mí está muy pinshi raro”.
Saque Ud. Sus conclusiones...


-Por ahi de las 23 hrs entró un 8vo fulano con nosotros, también joyero y detenido por el mismo menester, y nos contó que ya no había nadie en oficina, que ya debían haberse ido a descansar y que probablemente nos iban a dejar ahí toda la noche, o bien, que al día siguiente nos iban a llevar al Reclusorio Norte en lo que terminaban de negociar si nos encerraban bien o nos soltaban según lo que lograsen los abogados. Le preguntamos a otro policía que cuidaba la entrada y nos lo confirmó. Ahí fue el verdadero momento de terror para todos. Spoiler alert: ya dije arriba que a las 2 a.m. nos empezaron a llamar y salimos.

No soy de creer en señales divinas ni en milagros ni esas madres, pero no puedo explicar cómo fue que, por ahí de la 1 a.m., hallé algo escrito en las paredes, y con apenas nada de batería en el celular lo alcancé a fotografiar... Lo que sí, de algún modo eso me tranquilizó hasta que salí, y aún con los problemas que acarreó, no quebramos (ni nos quebramos) y aquí seguimos.



Recuerdo que escribí sobre esto cuando pasó. No sé por qué lo borré, y menos por qué lo reescribo ahora, pero sí recuerdo bien por qué jamás lo voy a olvidar...

viernes, 8 de diciembre de 2017

Historias de un Infierno XIII





“Lo entenderás cuando tengas hijos”

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Medianoche. A solas, fumando, sin hacer nada relevante, como cada noche de los últimos años de mi miserable vida.

Suena mi teléfono. Un vecino que también es de mis mejores amigos. Está perdidamente borracho. Me dice gritando que vaya con él a tomarme una cerveza.

No sé por qué, pero, lejos de negarme como normalmente hago, salgo y lo hallo en la calle, junto con un conocido de por ahí que es velador de un edificio aledaño.

Mi amigo tiene 26 años, está casado con una chica de 30, y tienen un bebé de 1 año. Lleva trabajando desde hace ya tiempo. Actualmente está trabajando en Soporte Técnico en una muy reconocida universidad, la cual le ofreció una beca para estudiar ahí mismo paralelo a su trabajo. Así hizo estos últimos meses, pero reprobó y tuvo que dejar la escuela para poder atender por completo su trabajo en la misma (y poder asegurar la paga para mantener a su familia).

Resumiendo el trayecto: tras algo de forcejeo y verlo vomitar, accedemos el velador y yo a acompañar a mi amigo a un 7-Eleven a comprar cerveza. Nos la niegan por la ley absurda de esta ciudad, la cual prohíbe la venta de bebidas alcohólicas de 12 a 7 a.m., así que regresamos a dejarlo en la puerta de su casa.

Justo cuando pensamos que ya se iba a meter sin hacer (más) escándalo, empieza a desahogarse.

-Me siento un pobre pendejo - dice entre sollozos, gritos y las clásicas pausas de la borrachera -. Yo, que toda mi vida he sacado la casta, ahora no pude. No pude sacar la carrera. Neta soy un pobre pendejo.

El velador y yo intentamos tranquilizarlo, diciéndole que es muy difícil estudiar, trabajar y encima cuidar a un hijo al mismo tiempo, y demás cosas para intentar hacer entrar un poco en razón a alguien pasado de copas. Pero él se aferra, y continúa desahogándose.

-¿Sabes qué me emputa?
*enciende un cigarro*
¿Sabes?
*pausa por la borrachera*
Te lo voy a decir, así, al chile, lo que me emputa
*pausa*
Mi jefe (laboral) me la cantó. Me dijo
*fuma*
cuando vio que no podía, que me estaban cargando la mano en la chamba y estaba reprobando y que ya quería dejar la escuela, me dice
*pausa, exhala el humo*
“¿A poco no puedes? ¿Qué le vas a decir a tu hijo? ¿Que no pudiste?”
*fuma*
No mames. ¡NO MAMES! ¿Sabes qué sentí
*pausa*
cuando me dijo eso? Dije ‘No mames, voy a sacar la casta. y le voy a demostrar a estos pendejos ‘Mira cabrón, aquí está mi título’. ¡Y VE! ¡NO PUDE!
*exhala*
ESO es lo que me emputa. ¡ME EMPUTA! ¡NO MAMES! ¿Qué le voy a decir a mi hijo?
*brotan sus lágrimas*
¿Qué le voy a decir? ¿Que su padre es un pobre pendejo?

Tanto el velador como yo intentamos calmarlo. Lo único que se nos ocurre a ambos decirle es que no es ningún pendejo, que se está rompiendo la madre por él, y todos sus derivados. Intentando animarlo, empiezo a decir lo que se me ocurre. Le digo que su hijo siempre va a estar orgulloso de él, sea lo que sea, por el simple hecho de ser su padre. Que si él no pudo terminar la carrera es porque estudió, trabajó y llegaba a casa a hacer tarea y convivir con su hijo. Que malo sería que lo abandonase junto con su madre. Que fuese por cigarros y nunca volviese, a diferencia de como hace, que siempre ha regresado con su cajetilla nueva. Que no importa quién o qué sea, que el amor de los hijos es incondicional.

-Eso es lo que más me emputa. Sí, le voy a decir
*enciende otro cigarro*
que su jefe es un pendejo. Que sin estudios salió adelante y es más verga que cualquier Licenciado o Ingeniero que le pongan enfrente
*exhala*
pero que le pagan una mierda porque está sobrecalificado, como en todas mis chambas, pero como no tengo la carrera, vale verga el sueldo.
*pausa*
¿Entonces qué? Cuando quiera dejar la escuela ¿eso le voy a decir? ‘No, tienes que acabar la carrera’ ¿Como quién? ¿Como yo?
*lágrimas*
¿Como el pendejo de su padre, que no pudo terminar la carrera? ¿Eso le voy a decir? ¿Que si no puede pues ya que se rinda, que se entregue al alcohol y quede como un pendejo? ¿Como su padre?

Silencio

-¿Eso le voy a decir? ‘Ay hijito, si no puedes pues ya ni modo. Te irá bien en la vida. Veme a mí, que trabajo como pendejo y gano una mierda porque no tengo una carrera y no pude sacarla cuando tuve la oportunidad’
*otro cigarro*
¿Eso le voy a decir a mi hijo? ¿Que su padre es un pobre pendejo? ¿Eso le voy a decir cuando pregunte que para qué va a estudiar? ¿Cuando quiera empezar a tomar o a fumar? ¿Quién voy a ser yo para decirle que no?

Silencio total.







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Llevo más de 4 años (casi desde que empecé a vivir solo) siendo pareja de una mujer muucho mayor que yo, madre soltera por cierto. Desde hace 2 meses (contando desde la última vez que tuvimos sexo) tuvo un retraso menstrual, y yo he vivido un infierno todo este tiempo. Tenía varios síntomas de embarazo. Se hizo una prueba de las que venden en la farmacia, la cual marcó negativo y fue para mí un auténtico alivio. 15 días después, que aún tenía los síntomas (náusea, inflamación del pecho, mareos, dolores cerca de la zona uterina y la ausencia total de la menstruación), por recomendación de sus amigas, me hizo saber que se iba a hacer una 2da prueba (ya que según ellas, si iba a un ginecólogo para conocer el porqué de los síntomas, la iba a mandar hacerse una 2 prueba, sólo para descartarlo bien, así que se ahorraría doble consulta). Fue tema para varias discusiones con ella y el vivo terror en mí. Nunca he querido tener hijos, aunque ni yo mismo sabía por qué. La sola idea me aterra más que cualquier mala noticia que pudiese recibir. Pero tras 2 días de angustia (ella no parecía tener mucha prisa en hacérsela, así que dejó pasar un par de días para ello), finalmente salió también negativa, y yo respiré.

Sin embargo, los síntomas no cedían, y llegado el 2do mes, seguía sin “bajarle”. No faltaban las anécdotas de que las pruebas de orina no siempre son certeras, o que “una comadre no sentía nada, las pruebas salían negativas, y de repente ya tenía 5 meses”. Una doctora le dijo que se hiciese una prueba de embarazo en sangre, que con esa no había falla. y ya que presentaba los síntomas, viví los peores días de angustia en estos últimos años, si no es que de toda mi vida. Transcurrieron 4 o 5 días entre que se decidió por ir a un laboratorio a que le tomaran la muestra de sangre, y el tiempo que pasó en que entregasen los resultados. No podía dormir, ni comer, ni estaba de humor para nada. Viví aterrado hasta el punto de la locura. Yo mismo pensaba que era un miedo infantil, quizá a la responsabilidad, pero esos días aprendí que en verdad me provoca un pánico superior a mí, aunque seguía sin entender bien el porqué.
Respiré y dormí plácidamente hace 3 días, cuando entregaron los resultados y salió también negativo (y de paso descubrimos que todos esos síntomas son de premenopausea)


Hasta ahora que escuché a mi amigo hablar de su frustración, entendí por qué el pánico hacia tener hijos. Parado frente a él, viéndolo llorar, en el silencio total, sólo interrumpido por el viento y algunos autos que pasaban, me quedó claro.


De haber quedado embarazada esta mujer ¿Qué hubiese hecho? ¿Tendría algo mejor qué decirle a mi hijo? ¿Que su padre, de niño, era un pobre chamaco pendejo que no dejaba de llorar en la escuela? ¿Que nunca supo pelear ni defenderse de los demás? ¿Que toda su vida tuvo sobrepeso y hasta su propia familia lo despreciaba por ello? ¿Que causó tanto asco entre las niñas por estar gordo que, el día que decidió bajar de peso por gustarle a una chica en la preparatoria (que al final ni lo peló) estaba tan acomplejado que jamás se dio cuenta (ni pudo aceptar cuando otros amigos se lo decían) que le gustaba a muchas otras chicas ahora que estaba delgado? ¿Que se enamoró perdidamente de una chica en la universidad, a quien, tanto a ella como a todas las mujeres con las que ha tenido algún quever, descuidó totalmente porque no podía superar sus antiguos complejos? ¿Que, a diferencia de los analfabetas de sus padres, tuvo acceso a la educación privada, y no terminó la carrera porque reprobó por retomar el negocio familiar, y que al final terminó de joyero de tiempo completo y ya no pudo dedicarse a lo que estudió porque, para variar, no terminó la puta carrera? ¿Que ahora es pareja de una mujer mayor que él porque, como volvió a engordar mórbidamente, nunca ha sentido que podría gustarle a una chica de su edad? ¿Que a sus 32 años no posee nada, nunca ha tenido coche propio, jamás ha podido guardar más de 30 mil pesos, y sigue los pasos de su propio padre: borracho, fumador y sin futuro alguno más que vender joyas para medio sobrevivir?...



Mi padre…



A mi padre siempre lo alabaron porque le gusta cantar. Sólo canta canciones rancheras, y mucha gente me ha dicho que canta bonito, y (según) yo heredé su voz. Se quiso lanzar como cantante profesional, y no sé si fue porque no tuvo contactos, o una voz como la de Jorge Negrete o Vicente Fernández, el caso es que sus sueños se vieron en la basura. Todos los recuerdos que tengo de él son verlo en la sala, emborrachándose y fumando, junto a una casetera vieja donde grababa pistas de canciones rancheras y se ponía a cantar y grabar su voz sobre las pistas (un karaoke manual de aquél entonces), para después regalar las cintas a sus amigos y conocidos.

Me cae el veinte. Pudo haber muchas razones por las que nunca fue cantante profesional, pero la que me parece más coherente es que dejó todo porque se casó y tuvo hijos. Me doy cuenta que he sido muy injusto con él. Lo odié mucho tiempo, con el argumento que jamás aportó gran cosa en casa. Que nunca fue buen ejemplo. Que se la vivía borracho. Que engañaba a mi madre. Siempre me prometí estudiar y ser alguien en la vida, para no acabar como él, vendiendo joyas y viviendo al día… y terminé igual.
Y a pesar de todo, él aún me busca, pregunta si estoy bien, si tengo dinero para comer, etc. Se preocupa por mí, aún cuando no terminé la carrera, ni soy popular entre las mujeres (a diferencia de él o mi hermano), ni he logrado un patrimonio a estas alturas. Me quiere, aún siendo yo una mierda como hijo (o como ser humano, para el caso).

Aún cuando al final abandonó sus sueños por sus hijos...


El amor. Esa madre que nos hace dejar que la vida nos haga mierda, consuma nuestros sueños, se beba nuestras lágrimas y se regocije con nuestro dolor en pos de algo o alguien más.



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Volteo a ver al velador. Su risa por ver a mi amigo borracho se ha apagado por completo, y sólo mira al suelo, con su realidad dándole vueltas. Aunque casi no lo conozco, sé que tiene 3 hijos, y que él está como yo. Trabajando de velador porque no tiene ni estudios ni conocimientos profesionales para hacer otra cosa. Supongo se quedó pensando en lo mismo que yo.


Tomo aire, enciendo un cigarro, y le digo a mi amigo

-Respóndeme a esto. ¿Quién es más chingón? ¿Tú, o tu papá?
-No pues, yo - dice, tras encender otro cigarro.
-¿Y tu jefe se avergüenza de ti por tus errores, o por lo que eres?
-No wey, para nada. Está bien feliz desde que le di un nieto.
-¿Y no crees que tu hijo va a ser más vergas que tú? ¿O tú dejarías de quererlo fuese lo que fuese?

No hace falta decir más. Entre toda su borrachera está entendiendo todo lo que le estoy diciendo. Se enjuga las lágrimas y empieza a sonreír. El velador alza la cabeza y sonríe al ver que ya se ha calmado. Nos abrazamos, se mete a su casa, y el velador y yo tomamos caminos separados.




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“Lo entenderás cuando tengas hijos”.

Ya no hizo falta, jefe... Discúlpame por favor.


jueves, 16 de abril de 2015

Historias de un Infierno XII







La felicidad no va de la mano de la inteligencia.
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Estoy echado en el asiento número 33 de un autobús que va para un pueblo en la sierra de Guerrero. Legado de mi tan mencionado oficio, he ido varias veces. Hoy voy por una urgencia de mi familia. Y aún sabiendo el destino del autobús, no sé muy bien a dónde estoy yendo. El asiento de junto va vacío. Algo dentro de mí dice “como siempre”. Lo raro es que, como siempre, así voy más cómodo.

Campos interminables. Un sol que, entre árboles y casas construidas al madrazo, emerge victoriosamente de un tono naranja y un resplandor tan débil que aún puedo verlo de frente. De verdad que es un país hermoso. Los contemplo sin observar nada en particular. Mi latosa mente quiere ocupar mi calma otra vez, y probablemente se deba a la falta de sueño y la desesperación, así que me resigno y la dejo despertar a ese maldito baúl llamado memoria, para que su contenido me arrebate una vez más mi cordura.

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Entro a una casa enorme en una zona relativamente acaudalada. La casa, de 3 pisos, está dividida en 2: una parte es el hogar del dueño, donde vive con su familia. La otra parte está adaptada para taller, el cual tiene una recepción, una pequeña sala de juntas, un patio para descarga de camiones, donde de paso veo que hay dos máquinas enormes, una bodega, un salón para goteo en resina y un pequeño sanitario; y en el 1er piso, al que se accede en una escalera de aluminio que hace bastante ruido, hay un taller lleno de máquinas para grabado de todo tipo, donde al fondo del mismo hay otra área para oficinas y una pequeñísima cocina temporal con un comedor aún más improvisado. No hay más que yo pueda decir al respecto. Me contrataron tras mucho forcejeo de mi parte buscando trabajo, así que heme aquí.

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No hay escritor que describa un lugar sin evocar los aromas. Lo que a mí me sorprende es la increíble capacidad que tienen para describirlos a profundidad: aromas a madera vieja, a lavanda, a tierra mojada tras lluvia, inclusive a frutos (y hasta pueden decir si son secos o frescos), y un largo etcétera. Yo tengo un defecto físico (entre muchos otros): mi nariz está desviada; solamente puedo percibir aromas muy penetrantes y no siempre puedo describirlos bien, de modo que sólo puedo evocar dos en particular de aquel lugar.

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Quizá el aroma que más recuerdo es el del caucho quemándose junto con el polímero de esas tazas de porcelana.

Apenas llego, los gerentes (son como 4 en total contando al dueño) me explican que tienen un pedido urgente, y que aunque me han contratado para oficina, más específicamente el área de diseño, voy a estar los primeros días en el taller, sublimando dos mil tazas. Suena hasta raro. Como problema absurdo e inverosímil de matemáticas de la primaria. Pero son dos mil tazas las que voy a sublimar.
El área de taller en el primer piso (donde voy a trabajar) son 4 mesas grandes para trabajo, rodeadas por máquinas de grabados CO2, YAG, hot stamping, punta de diamante y otras que mi estúpida memoria no puede recordar bien. El taller mide como unos 15 por 25 metros, y de altura serán unos 3 o 4 metros, se siente la amplitud del lugar en cuanto uno accede. Las paredes blancas, sin mayor adorno que varios letreros improvisados en hojas de papel con la misma leyenda: “favor de apagar las máquinas cuando no estén en uso”. Hay en total 8 personas trabajando en el taller, todos menores o mayores a mí por una muy marcada diferencia, nadie de mi edad. Como siempre, escucho mi propio pensamiento.
Encima de 2 de las mesas hay cientos de tazas, junto a las que hay unas máquinas raras, llamadas “sublimadoras". Son unas bases de madera comprimida de unos 50x50 cms, sobre las que de un lado hay un mecanismo similar a los de las cafeteras con un temporizador y unos botones, y del otro una base con unas mordazas sujetando un tapete de caucho en forma semicircular. Hay una palanca que cierra las mordazas, redondeando el tapete de caucho a un círculo abierto, que gracias al mecanismo se calienta mediante electricidad a temperaturas y tiempos ajustables según la necesidad de quien la use.
La diseñadora se encarga de imprimir los logotipos que llevarán las tazas junto con guías de corte en hojas especiales (no recuerdo el nombre de las mismas) y me entregan un montón de hojas. Hay que cortarlas de acuerdo a las guías, pegarlas, meterlas a la sublimadora, ajustar la temperatura y el tiempo de quemado para que se adhiera la tinta de la impresión a la taza, pero no pasarse para que no salga demasiado obscuro el color. Resulta que esas tazas blancas están bañadas de un polímero (lo que sea que eso signifique) que reacciona ante el calor y la sustancia que sea que tenga la tinta y las hojas que les pegamos, lo que hace que se adhiera la parte impresa a la taza, y volviéndose resistente al agua una vez que se enfría.
-Alínea el papel a la taza. Mal hecho. Debe quedar centrado. Otra vez mal. Debes usar la menor cantidad de cinta adhesiva. Una vez más, lo estás haciendo mal. ¿Están cortando bien el papel? ¿Te estás guiando por las líneas? Bien, ya así. Ahora ponla en la sublimadora. La colocas derecha, ándale, así. Ahora déjala quemarse. En cuanto suene la máquina, la apagas, la quitas, pones la taza a un lado y te sigues con las otras 1,999. Si hay mermas nos avisas, para cobrártelas.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Fácil. Te estabas muriendo de hambre. Otra vez. Aquí te dieron entrada, pagándote una miseria, claro está, pero por eso aquí estás.


El humo que desprende la sublimadora del caucho quemándose me castiga la nariz. Es mucho peor que el humo del tabaco. El aroma es muy penetrante. Termino tosiendo y sintiendo náuseas. Esto es cosa de hombres; pendejos, sí, pero hombres al fin, así que olvídate de cubrebocas, máscaras, o alguna de esas joterías. En total estoy 5 días fumándome ese asqueroso aroma, 13 horas diarias. No lo soporto. Tengo ganas de salir huyendo.

¿Ya te vas a rendir, putito? ¿Tras 8 meses sin trabajo? ¿Con todas las deudas que tienes?




¡Ya sé, chingada madre! ¡Déjame en paz! ¡Tú tampoco lo estás disfrutando!


Al mismo tiempo que yo, entra un sujeto supuestamente asignado a la gerencia del taller. Dura dos días, y no regresa nunca. Los demás notan que el poco trabajo que hizo, encima de ser poco, está mal hecho. Le correspondía cortar las hojas y dármelas a mí, para poder avanzar más rápido; así como acomodar en cajas de cartón las que ya están listas, para entregar al cliente, y cuando se fue, todas las tazas estaban mal acomodadas y había cortado muy pocas hojas. Una pequeña victoria mía. Yo avanzo lento pero bien hecho, y son pocas las mermas. Otro sujeto entra un día después. Según entiendo cuando nos lo presentaron, ha llegado para el mismo puesto que me ofrecieron a mí; y un rato después me anuncian la decisión: él va a estar en el área de diseño, mientras yo me voy a quedar en el taller, puesto que “me estoy desempeñando bien”. Sin embargo, el nuevo no se salva. Las tazas urgen, y se queda ayudándome a cortar hojas.

Se nota a leguas que eres un pobre pendejo. Por eso el otro se quedó en el lugar que te habían ofrecido. Se verá más chacal el wey, pero seguro él sí tiene título universitario.

Una junta con la esposa y madre de los dos hijos pequeños del dueño al día siguiente que entró el nuevo. Anuncia que lo han reconsiderado, y terminando las tazas yo me voy a quedar en la oficina, mientras él se va a quedar en el taller.

¿Decías?

...

Pide nuestra opinión. El chavo pierde la paciencia y explota. “No estudié tantos años para acabar de obrero”. No fueron esas las palabras exactas, pero eso dio a entender. Me salgo de la oficina para dejarlos discutir y vuelvo a terminar esas tazas lo antes posible, si no para ya estar en oficina, por lo menos para ya no tener que inhalar esos asquerosos vapores del sublimado. Alcanzo a ver al final cómo el chavo agarra sus cosas y se larga, enfurecido.

¿Por qué yo no puedo tomar la misma decisión e irme de aquí? El trabajo anterior irradiaba mala vibra, pero al menos me gustaba lo que hacía. Aquí es al revés. La gente es muy amigable y el ambiente es tranquilo, pero odio lo que hago.


 
No empieces otra vez de pinche nena llorona. Tienes que pagar todas tus deudas, y si caíste aquí es porque eres un pobre pendejo. Seguirías donde estabas de haber llegado temprano, aún con todo lo que sucedió. Además, no estuviste 8 meses sin hacer nada. Todo ese tiempo estuviste enviando solicitudes, yendo a un chingo de entrevistas, y no te quisieron en ningún lado porque eres un pendejo sin título, sin experiencia laboral y encima, ya casi de 30 años. Te lo voy a recordar: si entraste aquí fue porque es el primer lugar desde el trabajo en las mochilas donde te contratan y no te han dado indicios de mandarte a la chingada. ¿Recuerdas la última vez? Entraste a un lugar muy bonito de diseño web, y no duraste ni un día, porque eres un pinche estúpido y no diste el ancho. Te recriminaron por tardar tanto y escribir mal el código, y te quedaste como un niño pendejo, avergonzado y sin saber qué responder. ¿O qué tal la otra? Era la chamba de ensueño, y no te contrataron porque, como el buen asno que eres, no se te ocurrió investigar a qué se dedicaban esos weyes. ¿Y qué me dices de todas aquéllas donde ni siquiera consideraron lo que sabes o no sabes hacer y te mandaron muy lejos porque no acabaste la carrera?


 
…no tengo argumento contra la realidad…


 
Entonces no te hagas preguntas pendejas. Yo estoy más harto de ello que tú.

-Ya están todas las tazas. Deja que alguien más las empaque. Ayuda a subir unas cajas que llegaron. Son 860 estuches de sets para vinos. Con cuidado. Eso, apílalas aquí. ¿Estás sudando? ¿Fumas? Vaya que estás sudando. Muy bien, creo que son todas. Ahora hay que bajar las cajas con las tazas. Pero es mucha pérdida de tiempo que subas, las cargues, bajes y las acomodes. Te las vamos a ir aventando desde lo alto de las escaleras, tú las tienes que cachar abajo, y si las dejas caer, te las vamos a cobrar, sin contar que hay que volver a sublimarlas (lo que significa aguantar otra vez ese pinche hedor) y encima, salir más tarde. Ya son las 10 de la noche.
Pesan más de lo que creía, y el que me las avienten desde el primer piso hace más brusco el impacto. Pero logro atraparlas todas y dejarlas donde me dijeron. No dejo de sudar, pero me siento tranquilo. Cuando hago un esfuerzo físico, mis pensamientos se calman y estoy en paz.

Voy a renunciar. Me dijeron que voy a tener que hacer esto cada vez que urja un pedido. Voy a renunciar. Ya después me recriminaré por ello.

Eres un pendejo...

Es muy tarde, la contadora ya se fue, y ella es la que se encarga de las nóminas. Me indican que le deje un papel debajo de la puerta de su cubículo con las horas extra que trabajé anotadas en él, y firmado por el dueño, para que me las paguen el lunes junto con lo proporcional a los días que trabajé; y de paso me recomiendan que nunca se me olvide pasar con ella antes de que se vaya, porque por lo visto fui el único ese día que no cobró...

Ya ni modo. Con lo que me den el lunes debe alcanzarme mínimo para subsistir en lo que consigo otro trabajo.



Es lo bueno de estar cansado físicamente. Sólo así estás tranquilo ¿verdad?.

...


Es lunes. Para mi desgracia, estoy descansado física y mentalmente. Paso con la contadora antes que nada, y me pagan por fin… Lo proporcional a 4 días, que es una miseria, y por las horas extra, me dan 40 pesos.

¡40 pesos!

-Muy bien, gracias por apoyarnos en ese pedido. Ya no vas a estar en el taller, así que recoge tus cosas y pasa a las oficinas con A______ para que te explique qué vas a hacer de ahora en adelante.
-…ok.

¡40 pesos! ¡Trabajé como 10 horas extras por 40 pinches pesos! ¡Me dieron 2 pinches billetes de 20 por trabajar 10 horas! ¿Qué hago aquí? ¡Vámonos!



 
¿Qué le vas a decir al arrendador? ¿Que otra vez no tienes ni un mes de renta?
 



…puta madre.



 
No tienes opción. Sobrevive con este dinero. La siguiente quincena se va íntegra a la renta. No te va a quedar ni un peso literalmente. Ya veremos qué vender por lo menos para los pasajes y la comida de la siguiente quincena. Ni modo, es el precio de ser el pobre pendejo que eres, así que ni pienses en irte.

Se va el resto del día en que la diseñadora que será mi jefa me enseñe lo que haré de ahora en adelante. Trabajo de oficina. Y aún así, vuelvo a salir tarde.

Por fin en casa. ¿Tienes ganas de llorar?. Hazlo. En esta realidad a la que nos forzaron tus pendejadas, es lo único que puedes decidir si hacer o no.

Y eso decido con todas mis fuerzas.



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Se detiene el autobús, y el chofer se baja. Algo está fallando en el motor. Todos reaccionan con preocupación. Yo sólo reacciono con irritación, porque eso significa  pasar más tiempo soportando a mi estúpida mente.

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El olor de la resina. Es el otro aroma que no puedo olvidar, y no tanto por lo penetrante, sino por los recuerdos que conlleva. ¡Bienaventurados los que pueden percibir los aromas normalmente, pues tienen más formas de dispersar los recuerdos!

El área de oficina está casi igual de distribuido que el taller, sólo que al centro no hay nada más que una columna de soporte. Todo alrededor de las paredes hay pequeños muebles de madera comprimida: escritorios con una pequeña cajonera y un par de bases superiores para impresoras o cualquier otro objeto. Son unos 5 en total distribuidos en dos paredes, de los que solamente 2 escritorios están ocupados: uno para el dueño, y el otro para una chica que, según entiendo, es la de ventas. En la otra pared sólo hay dos puertas, una accede a la oficina de la esposa del dueño, y la otra a una pequeña bodega. 

En la pared restante hay un estante en una esquina con fácil 5 impresoras, entre láser y de inyección de tinta. En la otra esquina hay otro estante con una impresora especial para las hojas de sublimado, una cortadora de hoja plotter junto con varios rollos de hojas gigantes, y junto, una impresora plotter enorme. Enmedio de ambos estantes un mueble de madera más grande, con varias cajoneras y dos lugares para dos personas. Ahí está la única diseñadora, y a su derecha el lugar que me corresponde a mí, como su nuevo asistonto.

Esa única diseñadora se convierte en mi jefa directa. El asunto es simple (?): hay que hacer “virtuales” de cómo van a quedar los grabados. Somos (ahora) los encargados de que el área de taller grabe las cosas exactamente como se le presentan las ideas al cliente, de modo que hay que vectorizar logos, acomodarlos, poner medidas, fotografiar los objetos a grabar y hacer fotomontajes, establecer fechas de entrega, entregar las muestras a la gerente del taller, imprimir las hojas para sandblast y sublimado, y sobre todo, para los trabajos en gota de resina, imprimir en plotter y pasar las hojas de todo aquello que se vaya a gotear por la cortadora de plotter.

Ve el lado bueno. Te vas a morir de hambre, pero al menos vas a estar todo el día frente a una computadora, no frente a la asquerosa sublimadora de tazas. Además, nunca has impreso (¿o se dice “imprimido”?) en una impresora plotter. Debe ser buena experiencia.


Me gustaría poder recordar todo tal como la situación de las tazas. Pero mi estúpida memoria es una mezcolanza de sucesos, ideas y pensamientos de todo ese tiempo. Ya no puedo separarlas. Ni porque he reescrito este intento de historia una y otra vez.

Esta niña que ahora es mi jefa directa, tiene un carácter muy lindo. Qué diferencia de la ex jefa de la chamba anterior, que me odió desde que me vio. Se ve simpática, hasta eso, y sabe un buen de diseño. Aparte parece ser la única que no oye banda, charanga, reggaetón o bachata de este lugar. Desde que llegué sólo pone pop, y el día que me quedé con ella, hasta rock y metal ¡Wow! Ya no he conocido chavas así. ¿Debería intentar conocerla? Quizá haga otra amiga, como en la chamba anterior que fue lo único positivo que saqué de ahí.


-¿Ya están impresas esas virtuales?

¿Por qué chingados tengo que volver a usar Corel? ¡Y encima el X4! Tan bonito que es usar el X7, no se traba tanto y es más versátil. ¡Pero no! Pareciera que soy el único pendejo al que le afecta usar versiones viejas de lo que sea. Mi reino por un café. No dan aquí ni agua. Yo que estoy acostumbrado a tomar 2 o 3 litros diarios, me estoy muriendo de sed aquí, y a duras penas puedo sacar una pequeña botella de agua que relleno en casa para ahorrar un poco.
 

-Tienes que apuntar en esta bitácora el número de orden, el nombre del cliente, qué producto se va a grabar y qué logo lleva, y te lo tiene que firmar la encargada de taller. Apúrate que son muchos.


Esta niña está llenita, pero algo tiene que se me hace atractiva. ¿Tendrá novio? ¿Por qué tanto papeleo para cada orden? ¿En serio hay tantos errores internos? Hoy sólo voy a comer una sopa Maruchan. Ya casi no tengo dinero. Cuando llegué tenía un guardadito en casa para alguna emergencia, pero me confié a que me iban a pagar bien la quincena pasada y he gastado más de lo que debo, y lo peor es que sólo en comida, ni siquiera en otras cosas. Lástima que o sale ella a comer o salgo yo, si no, ya le hubiese hecho la plática en la comida, mínimo para romper el hielo. Aunque es muy simpática, solamente es para asuntos de trabajo, de ahí en fuera es algo fría. Quizá le caigo medio mal, lo cual ya ni me extraña ni de ella ni de nadie...


-Haz el armado de estas etiquetas para yoyos. Son 500, imprime 600 por cualquier cosa. Ya te expliqué cómo alinear la hoja a la cortadora. Cuando corte 2 o 3 detenla, revisa que esté cortando y la dejas continuar. Si ya no está cortando sube la presión de la cuchilla.
 

Esa estación de radio es de Veracruz. Todos los días pone esa misma pinche estación. Sólo el 1er día puso música de todo tipo. Hoy toca otra vez Maruchan, y si me va bien, quizá unas papas. Hasta hoy que vino de mezclilla no lo había notado: el culo de esta niña es gigantesco. Tanto que no me parece bonito. Sin embargo no puedo evitar voltear a verla cuando se inclina a recoger algo. Ya se trabó otra vez la pinche máquina. ¡Chingada madre! Me está esperando el chavo de la resina para gotear rápido estos yoyos y yo todavía no puedo ni abrir el archivo. Creo que esta niña está enfadada conmigo. ¿Me habrá cachado viéndole las nalgas?

-Hay que repetir esta orden. No alineaste bien la imagen al logo, ni especificaste las medidas. Ya te he dicho que no se te olvide.

Ok, quizá no me ha cachado, o quizá ya está acostumbrada a que su trasero llame mucho la atención. Pero es peor: está cansada de repetirme tanto las cosas y que yo siga cometiendo los mismos errores. Estoy harto de poner mi cara de imbécil cuando veo que olvidé algo, por más cuidado que pongo. Me enferma que Corel se pasme tanto. Tengo que abrir el programa 4 o 5 veces para cargar el mismo archivo, y ni así. El chavo de la resina me habla de Usted. Pinche mocoso culero, me hace sentir más viejo, y encima se llama igual que yo. No puedo evitar voltear cuando gritan el nombre, aún cuando casi nunca me están hablando a mí. Ya se volvió a trabar el puto Corel, y sólo el X4 tiene el software de la cortadora de plotter, ni para intentar hacerlo desde el X7.

-Te dije que taparas el papel del plotter porque se amarillenta con la luz. ¡No puedo estarte repitiendo las cosas todo el tiempo!

¿Te quejas que el chavo te diga que estás viejo?...
Pues sí estás viejo, imbécil. Llevo años diciéndote eso. Ve, hasta se te olvida todo.



-¿Estás checando que sí se esté cortando el papel?

-Sí, lo acabo de revisar

-Ah ok.

Ya estoy hasta la madre de esa estación de radio. ¡Es radio por internet, por amor de Dios! ¡Hay miles de estaciones! Mínimo que ponga una del DF. Hoy esta niña vino con un vestido bien primaveral y está lloviendo; hasta escuché su suspiro de coraje cuando escuchó cómo caía el agua, se le va a complicar salir a comer; aunque lo bueno es que la falda del vestido le disimula un poco sus pinches nalgotas, y a mi gusto se ve más atractiva. ¿Dónde está la cámara? Urge esta pinche virtual. Extraño los tacos del Gallito. Cuestan 5 pesos y todos mal servidos, pero mínimo están mejor que las sopas instantáneas y es lo único que puedo comer sin gastar más de 30 pesos.


-El viernes me dejaste un santo tiradero. No te vayas sin ordenar tu lugar. Tuve que tirar un buen de cosas, y es la última vez que te lo digo.

Creo que sí soy un pendejo. No hay día que no me regañen. Y ni cómo defenderme, tienen toda la razón. Lo peor es que creo que sí me gusta esta niña, a pesar de que la hago desesperarse. Me atrasé para variar en una impresión plotter, me regañaron por haber arruinado 20 pinches centímetros del rollo y tuve que repetirlo. O yo despilfarro a lo pendejo, o en verdad estos weyes son muy marros. ¡El pinche rollo trae como 50 metros y se desperdicia más con las guías de corte, chingado! Son demasiados pedidos. Sin querer vi una hoja de la de ventas. 1.500 etiquetas para yoyos, y cobraron a 9 pesos cada una, y eso es solamente de un pedido. ¿Por qué pagan tan poquito entonces? No creo que hayan cobrado a peso las tazas que sublimé cuando llegué.


“Fuum”. “Fuum”. “Fuum”. “Fiiiiiiiii”.

Anoche soñé con ese pinche ruido de la impresora plotter. Me estoy volviendo loco. Aún cuando salgo estoy estresado. Ya salió por fin la primer hoja. ¿A quién se le ocurre imprimir 500 vejigas? ¡Vejigas! Me da repulsión verlas, y más en “estado normal” y en “estado enfermo”. Pinches clientes sinquehacer. Cada pendejada que se les ocurre. Y son 500 de cada una. Según mis cuentas son 3,000 impresiones en total. Me voy a tardar una semana, y estos weyes de la resina las quieren para ya, pero que no desperdicie papel. Hasta mi jefa ya les explicó que es imposible no desperdiciar, y de todos modos me regañan.


-¿Le falta mucho para terminar esa planilla de vejigas?

-No, mi chavo, ahorita te las llevo.


Pinche chamaco nalgas miadas, ¡no me hables de Usted! Ya habían puesto esa canción. ¡Chingada madre! y yo no puedo poner música ni traer audífonos. La estúpida cortadora de plotter no detecta las líneas guía y me marca error. Perdí media hora solamente intentando que agarrase la hoja, y el pinche mocoso chingando con que ya me tardé. ¿En serio soy tan pendejo? Ya estoy harto de las Maruchan, no puedo ni ir al baño por culpa de esas mierdas, pero me quedan 30 pesos y faltan 6 días para la quincena.

Entro al cuarto de goteado para entregar el pedido que (una vez más) entrego a destiempo. Es interesante ver cómo las etiquetas que les imprimo se colocan en unas mesas especiales, conectadas a un generador que calienta la mesa a sepa la verga qué temperatura, y sobre la que echan una mezcla de thinner con resina transparente con un aplicador que parece de carrito de hot dogs, para después dejar que endurezca con el calor, y quedan las etiquetas como plastificadas. ¡Siempre quise saber cómo se hacía eso! De lo único que me arrepiento es de entrar. Apenas abro la puerta, me llega un fuerte aroma a thinner. Huele también a otros solventes, que por mi poca capacidad de acumular recuerdo de los aromas, no puedo distinguir. Sólo identifico también un pequeño olor como a madera quemándose. Se me impregna tanto el aroma que me dura el recuerdo hasta la fecha.

No puedo quitarme ese pinche olor. Aunque al menos es más tolerable que el del caucho quemándose. No sé cómo no sale chemo ese pinche chamaco, si trabaja ahí bastante rato, y sólo usa un cubrebocas desechable, ni siquiera una mascarilla y menos hablemos de ventilación.

“Click” “Click” "Click"

-¿Por qué tomas tantas fotos"

-Por mi pulso...

-Pues relájate, vas a saturar la memoria de la cámara.

-...

Quiero quitarle el ruido a la pinche cámara. Ya estoy muy neuras. Todo me pone de malas. ¿Qué vergas le importa a ella si tomo una o mil fotos? Total, se borran y ya. El ruido de la cuchilla de la cortadora me pone de nervios. Siento que la voy a volver a cagar. Todo mundo en toda mi vida se ha burlado de mi pulso. No conforme con que se burlen de mi mala vista, mi poca capacidad de concentración que raya en el autismo, y demás cosas, encima tienen que joder por mi pulso. ¡Así nací, chingada madre! ¡No estoy crudo, ni soy churrero! Pendejos...




-¿Apuntaste el número de orden de esa virtual en la bitácora?

-... lo volví a olvidar. Deja la apunto...

-Olvídalo, ya la apunté yo. Ya te dije muchas veces, no se te puede olvidar. Ahorita sigues ayudándome, pero el día que estés por tu cuenta no puedes olvidarte de nada de esto, así que ponte las pilas por favor.



Otra vez que no olvide. No recuerdo ni qué hice ayer, ¿cómo quiere que me acuerde de la pinche bitácora? Probablemente ni me voy a acordar bien de los acontecimientos tal como fueron si quiero después meditar en todo esto. Si ya se dio cuenta que no le quito la vista de encima ¿por qué se viste así? La blusa que trajo hoy apenas le cubre las chichis, y más porque se ve que son para una copa mayor que ella. Es un milagro que no se le salgan los pezones. O las tiene más pequeñas de lo que pensaba. o se ven chicas por su tremendo kabús. Mejor cállate que tú tampoco tienes la verga muy larga que digamos. Debí ponerle rebase a estas madres que imprimí, están saliendo con una ligerísima línea blanca, pero sé que me van a cagar por ello, aún cuando ella fue quien hizo el diseño y las líneas de corte, y seguro "porque no tuve la sensatez de arreglarlo si ya sabía que no iban a salir bien". No estoy super dotado, pero tampoco soy pitochico, la tengo de tamaño normal; o por lo menos eso me han dicho mis pocas parejas... ¿Por qué tienen Photoshop en español? ¿Y por qué estoy pensando en mi miserable vida sexual?

“Clunk". “Clunk". “Clunk". "Clunk".

Ese ruido de la cuchilla me va a volver loco. No quiero ver ni una puta vejiga. Y ahora salieron con algo peor: cincuenta mil etiquetas para yoyos. ¡Cincuenta mil! y tenemos una semana solamente para hacerlas. Esta niña ya perdió el encanto, no hallaba una fuente de un logo y me dice “búscala en ´Gogle´”. ¿"Gogle"? ¡Google se pronuncia “Guugl”! Soy demasiado mamón, no me gusta rodearme de gente más inculta que yo. La gerente del taller ya me tiene hasta la madre. Necesita que alguien se la coja bien, es más neurótica que yo, y para todo quiere regañarme. No fue mi culpa que la impresora pequeña fallase. Y encima me mandan a que la lleve a garantía. Ni para el camión me dieron. Hubieran mandado a esta niña, con sus orondas nalgas le hubiesen hasta regalado otra. ¿Por qué estoy tan marrano si estoy comiendo tan mal? Una semana y media comiendo una Maruchan diaria y nada más.



Es viernes. Estoy de repente trabajando bien. No he olvidado ningún procedimiento, y estoy entregando todo a tiempo. Ni siquiera se me ha trabado el Corel, y la cortadora de plotter agarra a la primera. Hasta esta niña se ve de buenas. Llevamos rato trabajando en paz, y hasta se ha reído de dos tres comentarios que he hecho en broma. Quizá no es tan fría, y sólo le molestaba lidiar con mis pendejadas, pero curiosamente, eso parece ir quedando atrás, como un mal sueño. Por fin empiezo a agarrarle el gusto a esto...
De repente siento una mano que me jala del hombro con brusquedad para que voltee, y al hacerlo, girando con todo y silla y la cara de espanto de esta niña, sólo veo cómo el dueño me pone casi pegado a la cara un celular con el altavoz activado.
“Te pasas de verga, ¿cómo se te ocurre enviarme unas madres mal hechas? ¡No mames! ¿Pues a qué clase de pendejo contrataste?” entre otras cosas que alcanzo a escuchar.
Resulta que imprimí unas calcomanías que no salieron bien, y así mal impresas se gotearon en resina y se entregaron. La culpa recae en mí (aunque parte de la culpa debía ser, según yo, también del pinche mocoso por gotear así sin fijarse), y para colmo, mi jefa también sale regañada por ello. Toda oportunidad de acercarme se derrumba por completo.

-La verdad esto me da mucho coraje, y nada más porque no soy así, pero me gustaría poder regañarlos así como el cliente me habló a mí - nos dice el dueño, intentando no perder los estribos.

Con la mierda que pagas y lo matado del horario, ya sería el colmo que encima nos quieras gritar e insultar, hijo de toda tu puta madre…

Vaya, hasta que te pones de mi lado...


-Espero que ya pongas más atención en lo que haces. - me dice la jefa tras el regaño - Tú te encargaste de todo, no tenían por qué regañarme a mí también. Y más me enoja que no es lo único. Ya van varios errores que haces, que te he dicho que los consideres, y se te vuelven a olvidar, y encima... - intenta decirme algo más, pero se contiene y se guarda el coraje. Termina el día sin dirigirme ni una mirada.


Tiene razón. Todos tienen razón. Incluso yo mismo. Soy un pobre pendejo. Ahora sí te creo...

…


 
¿Qué pasó? ¿Ahora ya no quieres decirme nada?


 


Salgo de ahí muerto de hambre, stress, tristeza y cansancio. Es fin de semana, y el martes es por fin la quincena. Pero ya no tengo dinero ni para una última Maruchan. Faltan 4 días para decidir qué hacer. Ya no puedo conmigo mismo. Me causo repugnancia.

...

¿Ya te hartaste de repetirme mi realidad? ¿O estás igual de cansado que yo?


 




Está lloviendo. Recibo llamadas de amigos. Quieren verme para platicar un rato, o para echar trago. No contesto. Me voy directo a mi casa.


Ya llegamos. 
 


…

 

¿Tienes ganas de llorar?
 


…sí...


 
No te culpo. Yo también.


Las lágrimas caen sin forzarlas.


Eres un pendejo… Por eso te odio. Porque yo soy tú, y mientras sigas vivo, tengo que aguantar este puto infierno,


No sólo tú…


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Soporto el lunes, y es todo. El martes cobro mi quincena y renuncio. Hambreado y lleno de miedo, pero al menos ahora debo una renta menos.

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He terminado lo que vine a hacer a este hermoso pueblo. No han pasado ni 2 horas cuando ya estoy en el autobús de regreso a la ciudad.  Ahora voy en el asiento 36, y por fortuna también el asiento de junto está vacío.

Como siempre.


Ya estoy demasiado cansado para seguir pensando, y finalmente me quedo dormido. Por fin estoy tranquilo. Todo afán de arruinarme la calma se desvanece.

Estoy convencido. La felicidad no va de la mano de la inteligencia, y, con lágrimas inmateriales, renuncio a esa maldición llamada pensar...

lunes, 22 de septiembre de 2014

Historias de un infierno XI










Es difícil generalizar cuando conoces tan poco de la vida. Sin embargo, es lo más sencillo que se puede hacer en nuestros pequeños y frágiles mundos. Observas la forma de ser de unos cuantos y puedes casi adivinar sin falla quiénes son iguales. Este escrito es una remembranza de mi escaso tiempo como oficinista.





Me quedé sin trabajo a 2 meses de que se acabara el año. No tenía para comer y bajé considerablemente de peso. Seguía (y sigo) gordo, pero ya no tan mórbidamente como antes. No tenía para la renta, y me estaba muriendo de hambre, nervios y desesperación. Carecía tanto de dinero y me ganaba tanto el orgullo para pedirle prestado a algún conocido que mi comida se limitaba a una sopa instantánea diaria, y más de una vez me resigné a saciar mi sed bebiendo agua de la regadera (mi cuarto no tiene lavabo). Son detalles que no sé por qué cuento si no vienen al caso para el conflicto que traigo entre manos (el cual, como siempre, intento desenredar escribiendo). Quizá mis historias son tan vacías que suelo llenarlas con detalles absurdos para que parezca que sé de qué estoy hablando. O quizá es la fórmula para alargar a trescientas o cuatrocientas páginas una historia que bien podría ser contada en una o dos, como supongo hará más de un escritor real.

 

Bien pude haber buscado trabajo de lo que fuese, con tal de comer y pagar la renta. Pero siempre soñé con trabajar, así fuese una vez en la vida, de lo que estudié: Diseño Gráfico. Aún a la fecha no entiendo en qué se me ha ido el tiempo. Tenía 28 años, y al redactar mi C.V. caí en la cuenta que no tenía experiencia de ningún tipo. Sólo sabía vender y fabricar joyas, a lo que me he dedicado desde que cumplí 20. Se me han ido 8 años de mi vida, y todo el dinero que gané, la gente que conocí, las mujeres que amé y -principalmente - el tiempo que viví, se han quedado atrás, muy atrás. No entiendo cómo ni en qué, por más que medito sobre ello. No me quedan ni recuerdos. Es como si hubiese estado dormido todo este tiempo. Si juntara todos los actos que pudiese recordar en estos años no serían ni 2 años de vida. ¿Y los otros 6? Así que, mientras me quedase algo de juventud, quería trabajar de ello. Sí, gracias a mi afán de exagerar lo malo, la crisis de los 30 me ha caído peor de lo que esperaba.



Necesito dejar de desvariar, y contar lo que estoy pensando, o nunca voy a acabar.

 

Después de armar una carpeta de trabajo "como Dios me dio a entender" ya que nunca había armado una y enviarla a diferentes empresas, por fin consigo trabajo, curiosamente, a 20 días de terminar el año. Llegué el día que me solicitaron a las 8 de la mañana, y estoy en una oficina llena de cubículos, lo suficientemente grande para que quepan como 20 personas y cientos, o quizá miles, de muestras de mochilas. La empresa se dedica a eso: diseñan todo tipo de mochilas y equipajes, mandan hacer todo a China, y aquí se encargan de la distribución. Doy gracias a Dios (más como parte de mis costumbres indígenas que como verdadero agradecimiento) de haber perdido tanto tiempo jugando videojuegos y frente a mi computadora: tengo un excelente nivel de inglés y una buena aptitud para usar software de diseño, así como para aprender a usar lo que me pongan enfrente, así que creo poder adaptarme rápidamente, aún siendo mi primer trabajo fuera de la joyería. Para tener 28 años y, en el área de diseño, donde contándome éramos 9, ser el más viejo de todos ellos, me vi demasiado inocente pensando que así sería.


 No ahondaré mucho en lo que hacía: me habían contratado para desarrollar una nueva página web para la empresa, ya que la página de entonces estaba hecha en Flash, y estaba totalmente desactualizada. Por otro lado, mi trabajo consistía en diseñar mochilas y equipajes y redactar detalles de la manufactura de las mismas para su fabricación en las costurerías en China. Además, por las razones que expondré más adelante, gran parte del tiempo se me iba en otras cosas.




El problema no era el trabajo. El problema era el entorno.

 

El primer día que me presenté, sentí aprehensión. No comprendía bien por qué, pero noté que el ambiente estaba tenso. Supuse que era porque estaban todos apurados diseñando, pero no me parecía una excusa razonable. Decidí que me sentía así porque no conocía el ambiente de oficina, ya que era la primera vez que trabajaba en una, así que procuré relajarme un poco. Me presentaron rápidamente a toda la gente de la oficina: cuatro chicas del área de comercio, cuatro contadores -uno de ellos mujer-, dos señoras de intendencia, un mensajero, una recepcionista, una secretaria, un fulano de sistemas y ocho diseñadores - 4 hombres y 4 mujeres. Después, no hice absolutamente nada, más que seguir preguntándome por qué se sentía el ambiente tan pesado.

A la una y media de la tarde por fin es hora de comer, y sólo uno de los fulanos del área de diseño sale conmigo. Los demás traen sus tuppers llenos de comida, mismos que calientan en la pequeña cocina de la oficina y devoran alrededor de una mesa plegable. Quien sale conmigo me recuerda su nombre. Un tipo simpático, bien parecido, y al parecer el más viejo después de mí. Resultará más adelante uno de los pocos que pude considerar un amigo de ese maldito lugar.

Las condiciones geográficas del lugar son raras. Son cerros y barrancos por todos lados, y la calle de enfrente está 20 metros hacia abajo. La entrada al edificio está sobre una cuesta, como todas las demás calles. Desde esa cuesta el edificio se ve como un pequeña construcción, pero los cimientos están hasta el fondo del barranco, así que sobre esa calle el edificio, que tiene dieciocho pisos, parece sólo de cuatro contando la planta baja. Todos los edificios de esa calle están hundidos en el barranco, asomando solamente la cima sobre las calles aledañas. Sin embargo, al fondo del barranco hay otra calle, conocida vulgarmente como "el Inframundo” desde donde también hay acceso a todos esos edificios, y sobre la misma, hay varios puestos de comida. Venden tacos de guisado, al carbón, de carnitas, hamburguesas, sopes, huaraches y tacos dorados; incluso hay uno que vende pozole, y sin contar la clásica micro tiendita que vende dulces, cigarros sueltos y hasta tortillas.

Compramos nuestros respectivos tacos en los puestos y nos dispusimos a comer afuera de un minisúper que está en la entrada de uno de los edificios de alrededor. El lugar es un pequeñísimo patio, lo suficientemente grande para que quepan 2 mesas cuadradas de plástico y varias sillas, de esas que obsequian las cerveceras o las refresqueras para los negocios, pero era el único lugar ahí abajo donde se podía comer a gusto. Nos sentamos frente a una de las mesas, como haríamos cada vez que saliésemos a comer de ahí en adelante, mientras platicábamos un poco sobre nosotros: qué hacíamos antes, por dónde vivíamos, cuánto tiempo llevaba él ahí, cómo se llamaban todos en la oficina, etcétera. Ya entrado un poco en confianza, le comenté que sentía una cierta repulsión por parte de todos. Me dijo que por desgracia así era, ya que él mismo la había notado, pero que no era mi culpa, y procedió a contarme que cuando entró el último de ellos a trabajar ahí, lo anunciaron de la forma más miserable: el gerente llegó junto con el recién llegado al lugar de uno de los diseñadores que ya estaban. "Fulano, este es X, es el nuevo diseñador." "¡Ah hola! Mucho gusto" "¡Hola! Un placer" "Bueno, Fulano, X va a ocupar tu lugar porque estás despedido, así que ¡hazte a un lado!". De modo que, en cuanto me vieron llegar, los 8 temieron por sus trabajos, así que la tensión era más que obvia.

Sin embargo, esa tensión que noté desde ese día no era nada más por el posible despido de alguien a causa de mi llegada. El lugar irradiaba mala vibra, y eso que yo no tengo sensibilidad ni el don que poseen algunos para percibir esas cosas. Era como si todos ahí conspiraran contra todos. Era un ambiente tenso y hostil, y aunque no me gusta darle importancia a la gente que no vale nada, tengo que desahogarme si quiero dejar de ahogarme en mi propio rencor.



 Empezaré por mí mismo: encima que terminé haciendo de todo menos diseñar, era tanto el desgaste por la mala vibra y todo lo que comentaré más adelante, que empecé a perder el interés por el trabajo. Empecé a llegar tarde, a faltar sin justificación, y fue cada vez más frecuente, hasta que me hicieron firmar una carta convenio: si volvía a faltar una sola vez, o bien si seguía llegando tarde, se revocaría mi contrato con la empresa. Acepté de mala gana y firmé, y dejé mi mal comportamiento de lado. Sé que fue estúpido de mi parte, pero que quien esté leyendo esto juzgue esa estúpida manera de proceder una vez que termine de leer toda la historia. Por ahora, proseguiré.


La jefa de diseño era, como habría de darme cuenta, una persona déspota y sin escrúpulos, que expresa con total naturalidad cuando alguien no le cae bien. Ella era la encargada de enseñarme cómo se hacían las cosas ahí. Sin embargo, nunca aprendí nada de ella. Se la pasaba contestando correos de las fábricas de China, supervisando los diseños de los demás, y el resto del tiempo lo disponía para chismorrear mediante su teléfono o simplemente con los demás colegas. Nunca pensé que existiese gente que pudiese afectarle tanto a los demás sin existir una relación amorosa de por medio, a diferencia de lo que había experimentado en toda mi vida.

Puesto que sólo había 8 computadoras para el área de diseño y todas estaban ocupadas, cuando llegué me asignaron provisionalmente una laptop en una mesa destinada a muestras de telas y pequeñas juntas. Sobra decir que aunque no era precisamente la mejor área de trabajo, me adapté fácilmente. La laptop no tenía ningún programa de diseño (era de un contador), así que le pidieron al de sistemas que le instalase todo lo que necesitase. Pasaron 2 días en los que no hice absolutamente nada, y al ver que no tenían para cuándo (y me exigían que empezara a hacer algo) decidí bajar los programas en mi casa y llevarlos en una USB. La jefa me regañó al verme instalando todo, argumentando que, según los acuerdos con las licencias con las que trabajábamos, no podía usar software pirata. Me quedé entonces perdiendo el tiempo otra vez, sólo para que después llegara el de sistemas a instalarme todo lo que necesitaba, y al revisar las carpetas que copió vi que todos eran archivos de torrents (unos eran básicamente los mismos programas que yo bajé, otros eran versiones más viejas, incluso uno de ellos mal crackeado, nunca funcionó y a escondidas yo terminé instalando mis propios programas). Incluso tiempo después noté que algunas computadoras de mis colegas siempre mostraban la leyenda "Su copia de Windows no es original". Pero claro, hay que chingar al indio y darle a entender que no se manda solo, aún si está haciendo las cosas bien o al menos con sensatez.

Dado que no podía hacer la página web hasta que los dueños fuesen a la oficina y hablasen conmigo, empezaron por asignarme el diseño de una mochila. En la oficina usaban Corel Draw, así que estuve moviéndole un rato, pero desistí al no entenderle al programa, y simplemente intenté hacer lo mismo en Illustrator, el programa de vectores que sí sabía usar. Cuando se asomó a ver lo que hacía, la jefa reaccionó como si le hubiese mentado la madre, y me exigió que no usase ese programa por nada del mundo, y que si quería trabajar ahí, tenía que usar Corel Draw y solamente Corel Draw. Ni siquiera hizo caso cuando le dije que bien podía exportar todo al final, así que tuve que resignarme.

Las quejas pasaron a ser respecto a los diseños. Le pregunté si requerían que siguiese algún procedimiento, a lo que respondió "eso depende del diseño que propongas". Hice lo primero que se me ocurrió, y tras pedirle su opinión, se limitó a decir resoplando "le falta diseño". Yo a la fecha sigo sin entender esa frase. ¿Qué chingados debo entender por "le falta diseño"? ¿Que está mal estructurado? ¿Que se ve mal y/o es una mentada de madre a la vista? ¿Que tiene muy pocos elementos y requieren algo naquísimo, sin espacios entre tanta madre? ¿O simplemente que tengo que adivinarles sus gustos? Hice otro diseño, el cual desechó, argumentando que debía seguir una guía de colores que había ahí, y debía respetar la cantidad de cortes, materiales, y otros aspectos, y básicamente sucedió lo mismo con casi todo lo que diseñé después.

 En retrospectiva, no me explico cómo podría llegar alguien ahí sabiendo diferenciar un nylon barato de un caro, un poliéster fino de uno corriente, si alguien conoce las telas “honeycone”, “jaquar”, “pelson”, o qué se debe entender por “piping” o “non-woven”, o cuál es la medida correcta de los straps de una mochila, o los tamaños en que deben ir las impresiones de lo logos, por citar algunos, y sobre todo, adivinarle el gusto a los dueños, quienes aprobaban los diseños (todo eso lo aprendí a la mala y tras muchas reprimendas, regaños y errores), pero en ese tiempo, viendo las reacciones de la jefa, empecé a sentir que bien podía ser una eminencia como joyero, pero quizá era un pobre pendejo para el diseño, ya que nunca en la vida había tratado con alguien que respondía a todas mis dudas con tantos bufidos, malas caras y palabras vacías.

Nunca la culpé de mi falta de progreso, sobre todo porque noté que es de esas personas que prefieren morir antes que admitir sus errores, de modo que empecé a acercarme a los demás para ver cómo hacían sus diseños e intentar resolver mis dudas. Tras un tiempo haciéndolo, recibí otra regañada por parte de la jefa durante una junta: no podía estar quitándole el tiempo a los demás con mis preguntas. Pensándolo bien, ahí la culpa fue mía por no decirle "¿y entonces qué hago si tú no me enseñas ni madres?". Pero no lo hice, me limité a seguirle la corriente y aguantar todo aquello.

Uno de los diseñadores era gay. Me da gracia recordar eso, puesto que cae en el estereotipo estúpido de que no hay diseñadores heterosexuales. Nunca he entendido bien el porqué de esa creencia, pero bueno, no voy a desviarme en ello. Cuando entré era víspera de Navidad y Año Nuevo, así que no había mucho percance. Sin embargo, en enero el gay fue despedido. Nadie se lo esperaba. Al día siguiente que se fue, la jefa me ordenó que me pasara al lugar que dejó, lo cual hizo de mala gana. De por sí yo le caía mal, y luego resultó que el sujeto, que era su gran amiguito del alma fue despedido para dejarme su espacio la hizo odiarme más. Mi nuevo lugar estaba junto a una chica de mi edad, que por lo que supe, era madre soltera. A ella no la conocí gran cosa, pues renunció en febrero, y quedamos solamente 7 diseñadores.

Dado que a ojos de todos yo no sabía diseñar ni usar Corel, me convertí en el mil usos. Aparte de diseñar la página web (lo único que medio sabía hacer y que los demás no), me tocaba buscar muestras de mochilas, ordenar las bodegas, llenar mochilas con periódico para fotografiar y editar en Photoshop para diferentes propósitos (anuncios, listas de productos, etc.) y a veces hasta cambiar los garrafones de agua (aparte que yo hacía todo sin renegar, al parecer era el único con algo de fuerza física, los demás diseñadores y los contadores no aguantaban el peso de los garrafones - qué vergüenza por cierto).

En parte tenía el hecho que le caía mal a la jefa de diseño, y por otra parte sus malos modos despertaban mis propios traumas y me hacían revolcarme en mi rencor (por eso escribo todo esto, si no, ya lo habría olvidado). El camión que salía de esa zona hacia el metro más cercano (a cerca de una hora de camino) es el que tomábamos todos los que no teníamos coche. En un principio me iba yo solo. Después empecé a irme con 2 chicos de ahí. Un día llegamos y ellos se sentaron juntos en un asiento doble. Yo me senté adelante de ellos y el lugar de junto estaba vacío. De repente la jefa nos alcanzó y se subió. Nos vio, y en vez de sentarse a mi lado, se fue atrás de los sujetos con quienes venía. Primer punzada. Ellos en son de guasa le reclamaron que por qué me había dejado solo, que se sentara conmigo. Después de meditarlo un poco, lo hizo de mal modo. Segunda punzada. Tras una conversación que no llevó a ningún lado (iniciada por mí que ella no siguió) se ensimismó en su teléfono y sus audífonos, bufando de vez en vez por tener que estar a mi lado. De lo poco que me dijo, ella iba hasta la base, de ahí tomaba el metro y seguía hasta su casa. Yo en cambio camino solo 10 minutos desde donde nos deja el camión, el cual pasa por el Auditorio Nacional, donde de la nada y aún sin ser su ruta, se levantó como quien no puede soportar más, y se fue. Ni siquiera se despidió. Tercer punzada. Ya hablaré en otra ocasión de los traumas que traigo por los rechazos del sexo opuesto, pero si lo unimos a la actitud estúpida de aquella mujer, supongo podrían imaginar cuánto rencor sentí, sobre todo porque tuve que aguantar esas chingaderas prácticamente diario, no fue algo de un día.



Las cosas no mejoraron en todo el tiempo que estuve ahí. Cada acto que hacia era desaprobado por ella. Era totalmente ignorado y tratado como si no perteneciese al equipo de diseño. Casi todos ellos adoptaron en un principio la actitud infantil de “si le caes mal a mi amigo, me caes mal a mí también”, así que, como la jefa me odiaba, ellos actuaban acorde. Tardé mucho tiempo para poder llevarme en términos amigables con todos, pero siempre estuvo la mala vibra presente, hasta que, finalmente, me despidieron. Pero ya llegaré a eso, ya que no es ni el final de esta historia ni lo que me hizo empezar a escribir en primera instancia.

Ojalá pudiese contar de una vez el problema sin trastabillar tanto escribiendo todo eso. No sé si lo hago para que, en caso que alguien lea esto tenga ciertos antecedentes y puedan comprender mejor lo que intento decir, o si lo hago para, cuando lea esto más adelante (como suelo hacer con todo lo que escribo) recuerde bien a qué venía tanta elucubración, o si simplemente soy parlanchín (creo más que es por esto último).
Pero bueno, mejor prosigo.
 


De las pocas personas con quienes congenié bien, voy a resaltar a algunas en particular: dos de las chicas de comercio. Una duró poco tiempo en la oficina: faltaba con frecuencia por cuidar a sus hijos, o llegaba tarde por llevarlos a la escuela (vivía en Coacalco, la oficina le quedaba demasiado lejos como para llevar a sus hijos a la escuela y entrar a trabajar a las 8 en punto). Un día simplemente le dieron las gracias, que curiosamente coincidió con el día que la otra chica de diseño renunció. Era una chica rechoncha, muy aventada y sin miedo de decir lo que pensaba. A veces veía cómo mis colegas se adelantaban para salir y les gritaba en sus caras "esperen a este wey, pinches malvibrosos". Me caía bien porque me saludaba siempre, fue la primera que me explicó cómo se hacían las cosas ahí, a diferencia de los demás, y le daba voz a mis pensamientos, como el ejemplo anterior. Aparte, le daba por trollear a la jefa de diseño, a veces hasta el punto de hacerla enojar. Era un pequeño placer para mí observar todo ello. Lo último que supe de ella fue que ya está trabajando cerca de donde vive, lo cual me da gusto. La gente que no es agachada como yo merece que le pasen cosas buenas.

La otra chica de comercio simpatizó conmigo casi desde que entré. Era de mi edad, y tenía algo que la hacía muy atractiva a mi gusto. Un día estuve platicando con ella mientras estaba ordenando la bodega. Me dijo lo que iría descubriendo y escuchando de otras personas a lo largo de mi estancia: esa oficina era un nido de víboras. Todos hablaban mal de todos a sus espaldas, nadie veía por los demás, ni sabían trabajar en equipo, así que lo mejor era no confiar en nadie. Y tenía razón. A ella misma nadie la tragaba. Nunca entendí por qué, si era la persona más agradable y sencilla de ahí. Todos hablaban pestes de ella, lo cual me daba asco. Incluso mis colegas de diseño la odiaban. Me irritaba tener que escucharlos hablar mal de ella, como si ellos fuesen mejores. Su “pecado” era tener un acentuadísimo tono fresa al hablar, sonaba como cualquier hija de papi que se pueda hallar en colegios como la Ibero o la Anáhuac, y ella misma decía que nació y vivió casi toda su vida en Ecatepec. A mí personalmente me daba gracia, mas no lo veía como algo malo (digo, hubiese sido peor que hablase como naca). La pobre chica era la mandadera de los dueños. Se encargaba de contactar clientes, asistir a todas las juntas, ir a las bodegas principales que están a hora y media de la oficina, trabajar fines de semana, salir hasta muy noche, promover las marcas, llevar balances, y sobre todo (por lo que era conocida) soportar todos los gritos del hijo del dueño (otro punto al que llegaré más adelante). Hace dos semanas (desde ahorita que estoy escribiendo) supe que se fue. No sé si renunció o la corrieron, pero en cualquiera de los caso, creo que fue lo mejor para ella.

De las señoras de intendencia, una era la que conocía bien la oficina y hacia casi todo el trabajo, mientras que la otra hacía como que trabajaba, dejaba más desorden del que arreglaba y misteriosamente desaparecía después de la hora de comida. Dado que me tocaba a mí ordenar las bodegas acabé simpatizando bastante con la primera, a la que conocíamos como “la señora White” (se habrán dado cuenta que hasta ahora he preferido no escribir nombres, pero de algún modo tengo que diferenciarlos en la redacción para no confundir tanto la historia, así que me arriesgaré a usar dos o tres pseudónimos). Por lo que veía (y lo que ella me decía) yo era el único que ayudaba realmente. El mensajero estaba también obligado a ayudar en las bodegas cuando no estuviese fuera, así como la otra señora de intendencia, cosa que hacían solamente cuando se lo ordenaba algún jefe, y la señora White no tenía la autorización de mandar a nadie (más que a mí). La recepcionista tenía tanta jerarquía como los jefes, y era fanática del chisme, así que podía pasar el día entero comadreando con el mensajero o la otra señora, y si estaban en el chisme y no estaban los dueños bien podían pasar todo el día chismorreando sin hacer nada, aún si se les necesitase, así que yo hacía en parte el trabajo de ellos.

Durante los ratos que pasé ayudándole a la señora White en las bodegas (o cuando ella me ayudaba a mí, para el caso) siempre escuchaba las mismas historias una y otra vez. No era mala persona, aunque a veces sí me aturdía escucharla criticar diariamente a la otra señora de intendencia, al mensajero y a la recepcionista. Las tachaba de “viejitas chismosas” y otros términos mucho más obscenos. La señora White se enorgullecía de ser jalisciense y se la pasaba hablando de cómo las mujeres de Jalisco son las más hermosas del país (usaba de ejemplo a sus propias hijas, aunque jamás me mostró ni una foto). Además decía que las jaliscienses como ella son malhabladas, pero bien cabronas y trabajadoras, que le entran derecho a todo y son unas chingonas hagan lo que hagan, a diferencia de las chilangas que -en sus palabras- son feas y pendejas, que no saben hacer nada y por eso dejan todo hecho una mierda y van a acostarse con el primer pendejo inútil con algo de dinero que hallan (cabe decir que dichas afirmaciones siempre me hacían reír, puesto que conozco varios casos así). Más de una vez me dijo, en son de guasa, que era lesbiana, aunque no me extrañaría que lo fuese. No sé si todas las jaliscienses son como ella las describe, pero al menos ella cabía perfectamente en su propia descripción. Probablemente es de las personas más centradas que he conocido, lo que, aunado al desmadre que es mi propia vida, hizo que me simpatizase demasiado y llegase a quererla y admirarla bastante.

Dado que la segunda señora de intendencia no tiene mayor relevancia en el resto de la historia, contaré rápidamente su salida. Ella se limitaba a hacer limpieza en la mañana, pasando un trapo húmedo en todos los escritorios, aspiraba, barría, llenaba las cafeteras, lavaba los baños (al trancazo por cierto, siempre apestaban a mierda), y después de comer se iba a un pequeño cuarto escondido donde guardaban los archivos de contaduría, donde nadie pudiese verla y simplemente se recargaba en un rincón y se dormía. Así hizo por meses, hasta que un día (en abril, me parece) el jefe de los contadores la cachó, y le llamó la atención. A la señora no le agradó para nada el regaño, y simplemente renunció, argumentando que “no iba a tolerar que le hablaran mal” (otro caso de “primero me muero a admitir que la estoy cagando”). La señora White se burló una semana entera de cómo se indignó la otra y renunció por ello, y siempre me decía que era el ejemplo de las chilangas que no saben o no quieren hacer nada.


Ya se alargó demasiado este intento de historia, pero por desgracia tengo que contar todo esto para darme a entender bien (quizá los escritores de verdad no alargan sus historias nada más para engrosar sus libros y justificar los precios).


Hay unas cosas extra de las que hablaré rápidamente: en marzo entraron 2 personas nuevas: un auditor (?) que iba a trabajar con los contadores, y un gerente que era paisano de los dueños: judío, de los ortodoxos que diario traen pantalón negro, camisa blanca y su mentada kippa en la cabeza que medio le cubría la calvicie inminente. Con ellos se completaba el cuadro dantesco. La verdadera labor de ambos era andar vigilando a todos en la oficina, para ver quién trabajaba y quién no, con lo que se incrementó la tensión y el viboreo. A mí me daba igual, puesto que yo intentaba hacer siempre todo lo mejor posible. A pesar de que todos hablaban basura de todos, yo siempre me rehusé a ello. Yo procuraba hablar bien con todos. Me llevaba bien con la señora de intendencia que renunció, con el huevón del mensajero y hasta con la recepcionista, cosa que no le agradaba del todo a la señora White, pero a mí me valía madres. Entre mis pocas virtudes, me enseñaron a siempre saludar a todos, respetar aún si no me respetan a mí, y nunca sentirme superior a nadie o sentir que soy alguien que no soy, así que en cierto modo me llevaba bien con todos, aún si me odiaban por dentro (a la jefa de diseño jamás la insulté ni le falté al respeto, incluso la saludaba o me despedía de ella aún si no me devolvía el saludo, como solía hacer).

Por otro lado, como buena empresa de judíos, es un negocio familiar. Los dueños son una pareja de más de 60 años. El señor rara vez aparecía ahí, solamente iba cuando llegaba algún cliente fuerte (ahí vendían a puro mayorista grande, no vendían pedidos pequeños). La esposa, se encargaba de revisar todos los diseños, así que no se aprobaba ningún diseño si ella no lo revisaba antes. Iba de vez en cuando, y soltaba cátedras medio excéntricas, aunque hablaba con esa sabiduría que sólo otorga la experiencia. Cabe decir que aprendí más de ella con sus visitas esporádicas que de la jefa de diseño, y para mi sorpresa, ella aprobaba más lo que yo diseñaba, o bien, me decía exactamente cómo debía hacerlo, sin darme tregua de objetar pero también con mucha paciencia. Quiero suponer que ella se daba cuenta que yo estaba en toda la disposición de aprender y hacer lo que se me pedía, siempre y cuando me enseñasen cómo.

En cambio, su hijo era quien llevaba prácticamente todas las decisiones. Era el auténtico hijo de la chingada ahí. Acostumbrado a gritarle a todo mundo, renegar de lo que se hace o no se hace, dar órdenes contradictorias, cambiar de opinión según su estado de ánimo, o simplemente pendejear a quién no hiciese las cosas como el quería (como a la de comercio) traía vueltos locos a todos ahí.

No tiene nada qué ver con el desenlace de la historia, pero el último antecedente que recuerdo es éste: dado que renunció la otra diseñadora, éramos sólo 7, y por un tiempo nos las arreglamos siendo sólo 7 en el área de diseño. Pero después, supongo por mis constantes retardos y faltas, empezaron a llegar más sujetos a entrevistas de trabajo. La jefa de diseño les ponía un "examen" para determinar si sabían usar Corel y si sabían inglés (yo también pasé por ello), pero al final no se quedaba nadie. Hasta que, cierto día, entró un diseñador nuevo, de los que habían presentado el examen. Se quedó todo el día, la jefa lo trató con la misma indiferencia y enfado que a mí, pero durante la comida platicamos con él; nos contó que tenía una familia, era más grande que yo, entre otras cosas. Al final del día, mientras íbamos ya de salida, dijo que quería hablar con el contador porque no le había quedado claro lo del sueldo. Y eso fue todo. Al día siguiente no se presentó, y nadie volvió a saber de él.

Todos coincidimos ese día, a la hora de la comida, en que la empresa pagaba muy poco, y que todos seguíamos ahí más por comodidad laboral o para hacer antigüedad y tener un buen currículum que por amor al arte o por la excelente paga (de las cosas buenas, jamás nos hacían trabajar horas extra ni ir fines de semana, aún si urgían las cosas, y personalmente me gustaba que podía tomar todo el café que quisiese; además, como nadie más entendía ni una línea de HTML - y la jefa prefería tenerme ocupado a lidiar conmigo - jamás me presionaron por terminar la página web, así que pasé mucho tiempo leyendo blogs y tutoriales solamente para entender qué estaba haciendo y determinar la mejor forma de diseñar en web, lo cual al final resultó más benéfico para mí que para la empresa).



Creo que (por fin) eso es todo el antecedente. Ya puedo enfocarme en el meollo del asunto.

 

A finales de abril (o principios de mayo, ya no recuerdo bien), entró una chica nueva. Todavía recuerdo bien ese día. Todos estábamos trabajando cuando llegó junto con el gerente judío, quien la presentó como la nueva del área de diseño, lo cual sacó de onda a todos, ya que ella no había presentado examen como los demás candidatos (del que sólo había entrado uno después de mí, y duró un solo día). Tras presentarnos, todo sucedió tal como pasó conmigo. La jefa de diseño le dio dos o tres catálogos para que se diera una idea de las cosas básicas, y después la ignoró totalmente.

En un principio todos comían en la oficina, sólo el sujeto que me habló desde el primer día y yo bajábamos diario al Inframundo, ya que, aparte de que yo salía para fumar, nunca llevábamos comida (éramos los únicos que vivían solos del área de diseño, los demás llevaban comida que normalmente hacían sus padres, y la flojera nos hacía nunca preparar nada el día anterior). Pero después de cierto tiempo, los demás empezaron a bajar con nosotros, en parte porque el que bajaba conmigo se hizo novio de una de las chicas de ahí, y ella se resignaba a bajar para estar con él, y en parte porque comprobaron que, como nosotros dos siempre decíamos, el simple hecho de salir a tomar aire fresco era relajante y estimulante (sobre todo si salían a fumar, como yo hacía, aunque era el único de toda la oficina con el vicio del cigarro).

Pues bien, ese día, a la hora de la comida, éramos 8 weyes alrededor de una mesa de 1.20 x 1.20 metros, nos las arreglamos como pudimos para caber bien y comer. Nunca voy a olvidar la tensión del momento. La chica nueva notó que todos estaban muy serios, así que hizo un par de comentarios para intentar romper el hielo, a las que todos respondieron con risas falsas, muecas fingidas, afirmaciones secas, seguidas otra vez del incómodo silencio, solamente interrumpido por el ruido de 8 bocas masticando, suaves golpes en la mesa al tomar o dejar algún tupper, carraspeos y uno que otro suspiro.

Me di cuenta que básicamente era lo mismo que me pasó a mí en mi primer día, y la chica nueva no podía ocultar su incomodidad ante esa situación. No sé aún por qué, acaso fue porque la nueva se me hacia simpática y hasta guapa, o fue porque yo siempre aborrecí esa actitud estúpida de mis colegas de no querer siquiera intentar socializar con los nuevos (ya ni porque, siendo ahora compañeros de trabajo, en teoría no les debería quedar de otra), el caso es que el hielo lo rompí yo. Empecé por preguntar lo primero que se me ocurrió: su edad, su estado civil, dónde había trabajado, etcétera. Tras contestar algunas cosas - entre lo que recuerdo, dijo tener 30 años (o sea que yo ya no era el más viejo), estaba casada y tenía 2 hijos, trabajó en varias empresas, era diseñadora de modas - uno de los colegas me recriminó que parecía estarla cuestionando demasiado. Me quedé callado, tragándome mis pensamientos de "al menos no la ignoro como todos ustedes pinches malvibrosos culeros hijos de toda su puta madre" y volvimos al silencio incómodo. La escena terminó en que ella sacó una cajetilla y le ofreció un cigarro a todos, el cual declinaron. Yo también decliné su oferta, argumentando que yo traía mis cigarros, pero le comenté que me daba gusto ver que, estando ella ahí, ya no sería el único en la oficina que fumaba, lo cual a ella también pareció agradarle. El resto del día transcurrió de igual manera que mi primer día: nadie le dirigió la palabra.

Al día siguiente el gerente le dijo a la jefa de diseño que uno de nosotros se dedicara de lleno a enseñarle todo lo que se hacía ahí, y como yo era el mil usos (y el peor diseñador), fui el encargado de asesorarla. Le dije (intentando que nadie me oyese) que la mala vibra que ella notó era cierta, yo aprendí a la mala, mediante regaños y sin guía alguna, y que por ello no me gustaría que ella pasase por lo mismo, así que cualquier duda que tuviese podía acercarse conmigo. Ella misma me dijo que le parecía mejor así, que yo era el único que al parecer la había tratado bien y sin indiferencia desde que entró. Así que le enseñé el proceso de diseño, cómo se le daba entrada a los paquetes que llegaban de China con muestras de nuestros diseños, cómo se le debían hacer controles de calidad para asegurarnos que los chinos no estaban intentando entregar algo mal hecho (cosa que siempre intentaban), cómo redactar los archivos, y varias cosas más. En una de esas veces pasó el hijo del dueño, se quedó parado junto a nosotros escuchando lo que yo le decía, como supervisando si yo sabía hacer bien las cosas o si la estaba malaconsejando, y supongo aprendí a hacer las cosas bien, porque siguió de largo con cierta satisfacción en el rostro. Al poco rato regresó junto con los dueños, se las presentó, y éstos la saludaron con una alegría que nunca más les vi en el tiempo que estuve ahí.

La única que me expresó sinceramente su desagrado por la nueva fue la señora White. Estaba yo buscando muestras cuando me dijo que la niña nueva no le caía mal, pero que le daba mala espina, ya que la contrataron sin hacerle el examen como a los demás, y porque - a excepción mía que entré porque nadie más sabía de web y (según algunos amigos) ningún diseñador web aceptaría el pobre sueldo que yo ganaba ahí- todos los que habían llegado - el auditor, el gerente judío, y ahora ella - estaban ahí porque era el inicio de muchos cambios en la oficina para satisfacer los caprichos de los dueños. Sólo me aconsejó que hiciese mi trabajo lo mejor posible y sin renegar nunca, porque al parecer iban a rodar muchas cabezas.



Insisto, pareciera que me gusta alargar demasiado un escrito, pero de no ser por lo que sucedió después, no tendría sentido contar todo eso.
 


Los días pasaron, y tras haberle enseñado a la chica nueva todo lo que sabía, la dueña le asignó que se sentara con la jefa de diseño, para que le enseñara el procedimiento de contactar a las fábricas en China, enviar correos, supervisar la producción, materiales, tiempos de envío y entrega, etc. Mientras tanto, yo recibí las últimas instrucciones de los cambios para la página web, mismos a los que dediqué los últimos días de mayo. Sinceramente, desde que entré ahí perdí más tiempo aprendiendo cómo se hacía una página web que poniendo manos a la obra, pero como ya dije más arriba, nadie más ahí entendía una chingada de web, así que me dieron todo el tiempo del mundo, interrumpido solamente por las chambas de mil usos, y uno que otro diseño de mochila (que hacía más porque los demás no se daban abasto y debían entregar lo que los dueños exigían que por darme la oportunidad de aprender).

La página estuvo lista tras mucho forcejeo, sólo faltaba la clave FTP para subirla al servidor, cosa que le pedí a la jefa de diseño, a las chicas de comercio, al contador, al gerente, y simplemente me ignoraron, así que me dediqué a corregirle errores de layout (que jamás terminé) hasta nuevo aviso.


 Inicialmente la jefa de diseño, aunque no tragaba a la nueva (al igual que a mí), se vio más dispuesta a enseñarle, y en un principio se llevaban en términos amigables, por lo que los demás también simpatizaron con ella y se relajó un poco el ambiente, lo cual fue para mí un alivio. Pero algunos días después, la dueña anunció que el verdadero propósito de la nueva era el de aprobar los diseños tal como ella hacía, para ya no tener que ir a supervisarnos como había hecho hasta entonces, por lo que, en términos jerárquicos (si es que se dice así), ella era la nueva jefa del área de diseño, con incluso mayor rango que la jefa actual, puesto que sería la mano derecha de la dueña. Esto hizo que la jefa dejara de hablarle a JB (no son ni sus iniciales, pero así la llamaré para no confundirme al referirme ahora a ambas jefas) y la odiase tanto o más que a mí, y - por consiguiente - que los demás también pasasen de tratarla amigablemente a odiarla. Todo decían que JB estaba ahí para que corriesen a la actual jefa de diseño, a lo que yo respondía con silencio e indiferencia, puesto que por dentro tenía la esperanza en que así fuese.


  Junio fue el inicio del fin. Nos dieron varios diseños a cada uno, repartidos por primera vez equitativamente (yo siempre diseñaba una o dos mochilas, frente a 10 o más diseños que hacían los demás). Esta vez fueron 18 diseños por cabeza, incluyéndome. Aún recuerdo lo feliz que me sentí, era la primera vez que iba a dedicarme de lleno a diseñar, en vez de andar de mil usos o peleándome con el código de la página web. Tras una semana exhaustiva de únicamente diseñar, hubo una junta por parte del hijo de los dueños junto con la jefa y JB para hablar de los diseños. Los míos requerían cambios, pero fuera de eso, estaban aprobados. Estábamos todos terminando los cambios de nuestros diseños cuando una mañana llegó la dueña. Lo primero que hizo fue regañarme por no haber subido aún la página web al servidor. Me dijo que no hiciese nada que no fuese lo de la página, y después llamó a junta a la jefa y a JB. Tras el regaño puse manos a la obra, me dediqué a buscar la clave FTP junto con el de sistemas, y después de mucho batallar, por fin la tuve, subí la página y quedó disponible. Dado que la página web de esa empresa sería mi carta de presentación al buscar chamba en otro lado, o simplemente al freelancear, me sentí muy contento y satisfecho de ver mi obra en línea, sentimiento que se deshizo en minutos.

En la junta la dueña deshizo las decisiones de su hijo, desechó mis diseños, y no pareció entender que la página web ya estaba lista, así que ordenó que distribuyesen mis diseños entre los demás para rediseñar desde cero.

Ese día estuve a punto de mentarle la madre a todos (principalmente a la jefa), borrar todo lo que había en mi computadora (incluyendo la página) y renunciar ese mismo día; pero al final, como tantas cosas que me reprimí, esa no fue la excepción. Solamente la jefa se mostró indiferente a mi reacción, pero por primera vez los demás se solidarizaron con mi rabia y me mostraron su apoyo. El resto del tiempo lo pasé buscando muestras y redactando los archivos de los diseños de los demás que sí estaban aprobados. La señora White fue quien me dijo que lo dejara pasar cuando me vio de vuelta arreglando la bodega, lleno de ira y mentando madres. Me dijo que mientras no me pagasen menos, que aguantase todo lo bueno o malo. Me sirvió de acicate, a los pocos días ya estaba otra vez de buenas y tranquilo, y al final le di las gracias por hacerme entrar en razón, a lo que ella respondió que no había nada qué agradecer, que ella me estimaba mucho y no le gustaba ver de malas al único en que confiaba en toda la oficina.


Cuando digo que la gente buena no merece que le pasen cosas malas, lo sostengo. Por eso me dio todavía más coraje lo que sucedió después.


Un martes, JB estuvo en una junta con los dueños. Al final de la misma pude entrar al cuarto de juntas desde donde se accede a las bodegas. Estaba buscando unas muestras cuando llegó el gerente judío a decirme, con tono de urgencia, que les ayudase a buscar una pluma que había perdido JB durante la junta. Era casi hora de comer y vi que toda la oficina estaba buscándola, así que me rehusé y seguí buscando mis muestras, hasta que salimos a comer. Todos los de diseño estábamos en el Inframundo, con excepción de JB. Uno de ellos dijo que el gerente exclamó que, de no aparecer la pluma, todos íbamos a pagarla, y se mostraron más molestos con ella de lo normal. Cuando regresamos JB se acercó a mí con alegría, diciéndome que ya la habían encontrado. Le pedí que me la mostrase, a lo que accedió. Una pluma Lady de MontBlanc. De mis rasgos de joyero, más de una vez traté con plumas finas, así que la reconocí enseguida. Le pregunté quién la encontró, a lo que dijo que la señora White. Le recomendé que no volviese a llevar su pluma a la oficina, una Bic ofrece el mismo resultado y sin preocupaciones. Me dijo riendo y en tono fingido de niña regañada que no volvería a llevarla.

Aún no entiendo por qué demonios no terminó todo el asunto ahí.

Al día siguiente estaba trabajando en los archivos, cuando llegó el de sistemas, se paró junto a mí, empezó a voltear a todos lados, y simplemente se fue. Me sacó algo de onda, y más cuando llegó el auditor llegó a mi lugar, hizo exactamente lo mismo, y cuando vio mi mirada de extrañeza también se fue sin decir nada. No quise quedarme con la duda, así que fui al cubículo donde están ambos a preguntar qué pasaba. El de sistemas es socarrón y se llevaba bien conmigo, así que me dijo "estamos jugando a los detectives, para saber quién agarró la pluma de JB". Le pregunté que para qué, si ya había aparecido, y él estaba empezando a explicar cuando el auditor le dijo en tono imperativo "¡cállate!". Me hizo un gesto como diciendo "él manda, disculpa". Lo entendí y regresé a mi lugar.

El viernes no vi a la señora White hasta en la tarde. Estaba en un rincón de una de las bodegas. Se notaba que había llorado. Le pregunté qué le pasaba. Sólo me dijo que la habían corrido.

Ya no recuerdo bien qué pasó desde que me dijo eso. Sólo sé que me llamaron para otras cosas y ya no pude preguntarle nada. Al parecer nadie más sabía que la habían corrido. Yo necesitaba hablar con ella, porque sabía que sería la última vez. Pero ya no la encontré.

Saliendo me fui rumbo al camión, y al subir, vi a la señora White en un rincón, y aunque el camión iba casi lleno, el asiento junto a ella "casualmente" iba vacío; una muestra de cómo el destino está tejido de una forma tan misteriosamente perfecta como para que incluso ese acontecimiento fuese vil casualidad. Me hizo seña de sentarme con ella, cosa que hice enseguida, y le pregunté qué había sucedido. Me contó desde el principio:

En la mañana tanto el hijo del dueño como el gerente desaparecieron. No regresaron en todo el día. Por la tarde llegó un abogado a hablar con ella. Según lo que captaron las cámaras, ella sacó la pluma de la bolsa de su camisón de trabajo cuando fue a entregarle la pluma a JB. Me dijo que, como yo ya sabía, ella no ve bien, y cuando vio la pluma tirada junto al escritorio, sacó su lámpara de bolsillo para ver qué era, cosa que también debió ser captado por las cámaras. El caso es que el abogado le infundió miedo: tenían todas las pruebas para acusarla de robo y meterla a la cárcel (?), así que la iban a despedir sin derecho ni a un finiquito (tras 15 años en la empresa supongo debía tocarle una liquidación casi millonaria). La cosa era fácil: estaban corriendo a toda la gente que consideran ya inútil, y encima, a la mala, para no pagar liquidación. Le dije que podía meter demanda por difamación, y que, aunque mis conocimientos de derecho penal son tan escasos como de diseño gráfico (snif), según yo, si ella devolvió la pluma no procede ninguna acusación de robo, aún si en verdad el video muestra que la traía en la bolsa. Me dijo que lo único que le daba coraje era que esos pinches judíos cobardes se largaron para no confrontarla (luego por qué caen en el estereotipo de que siguen vivos sólo porque le huyen a toda disputa), y quien le dio la noticia fue el jefe de contaduría, a quien ni siquiera le corresponde despedir a la gente, y que - según ella - estaba llorando de impotencia al ver la canallada que le hicieron a la señora White y de la que él ya formó parte sin deberla ni tenerla. Ella misma lo consoló y le dijo que no se preocupase, mismas palabras que me dijo a mí en ese camión rumbo al metro, cuando vio mi coraje ante todo lo ocurrido. Le comenté los actos del auditor y el wey de sistemas en mi lugar, y como no los vi sospechando de nadie más ni merodeando en otros puntos donde las cámaras pudiesen captar el momento cuando apareció la pluma, me imaginé que quizá todo el asunto era para correrme a mí, pero ella tuvo la mala suerte de encontrarla. Me dijo que, fuese así o no, ya no perdiese mi tiempo en ese lugar, lleno de víboras y cobardes. Me aconsejó que buscase trabajo cuanto antes en otro lado, porque tarde o temprano todos ahí van a correr la misma suerte. A todos los van a apuñalar por la espalda como a ella, dijo, aún después de tanto tiempo dejando la vida en la empresa. Me dijo, sonriendo, que no me preocupase por ella, que ella sabía que no hizo nada malo, y que tenía las puertas abiertas para trabajar en otros lados. Al final la abracé y se fue con la frente en alto, como siempre decía ser. No sé si todas las mujeres de Jalisco sean así de íntegras, lo que sí se es que esa fue la primera vez quizá en toda mi vida que lloré porque no volvería a ver a una mujer a quien quise mucho sin haber existido una relación amorosa de por medio.

Efectivamente, al lunes siguiente comprobé que casi nadie mas sabía que la señora White ya no estaba, y menos aún de la canallada que le hicieron. Nunca culpé a JB de todo el asunto, ya que la conocía, y sabía que si toda la oficina era un nido de víboras, ella no era así. Todo venía de los dueños, que querían deshacerse de algunos y a la mala, y en el fondo seguía pensando que hubiesen dado lo que fuese por que yo hubiese encontrado su pluma. Seguí llevándome bien con JB, y llegó a un punto en que solamente hablaba bien conmigo. Fue lo único bueno del final de mi tiempo ahí, junto con los demás colegas, que aunque no tragaban a JB se llevaban ya muy bien conmigo.


Que quien lea esto juzgue mis actos. Quizá el asunto de la señora White fue la gota que derramó el vaso, aunado a los malos modos de la jefa, el haber visto todos mis diseños en la basura, y el ambiente de mala vibra, el caso es que no volví a llegar temprano desde entonces; la página web aún tenía detalles (principalmente en la versión móvil) que jamás me volvieron a preocupar; dejé de dedicarme totalmente al trabajo y empecé a perder el tiempo bajando películas y música, y por todo ello, a mediados de julio me corrieron a mí. Solo regresé una vez por un cheque de finiquito, y no volví a pisar ese maldito lugar nunca más.






Recibí mensajes de JB durante Agosto, y siempre me decía que todos me extrañaban, sobre todo las tonterías que solía decir mientras trabajábamos, que a veces ponían alguna canción en el stereo y se acordaban de mí, y sobre todo, cuando le preguntaba si ya había mejorado el ambiente siempre me contestaba que no, que todos seguían igual de malvibrosos y sangrones, y que ahora que ya conocía mejor el trabajo tenía más responsabilidades y diario salía tarde, pero que no podía quejarse. Dicho sea de paso, desde que ella entró, más de una vez me confesó que ella ya había trabajado en varias oficinas, pero que jamás había llegado a un lugar con un ambiente tan hostil y tenso como en ese lugar. Esto no tiene relevancia obviamente, pero lo escribo para quienes han llegado hasta aquí y creen que mi percepción de la oficina fue demasiado inocente y que en cualquier oficina hallaría el mismo ambiente con tanta mala vibra.

Al final me mandaba muchos saludos, y me deseaba que consiguiese chamba pronto. Sus mensajes me recordaban que el no comportarme como los demás y ofrecerle mi apoyo sincero, tuvo su recompensa. Tenía una amiga nueva.

Finalmente, a principios de septiembre recibí un mensaje de Leo, el sujeto con quien siempre me llevé bien. Me da igual usar su nombre real, puesto que fue de los pocos a quienes valió la pena conocer de ahí. Me preguntó cómo me iba, si ya había hallado trabajo, y cosas así. Le platiqué que no había hallado nada, y mientras tanto había vuelto a la joyería. Le pregunté cómo iba todo por allá. Me dijo que el auditor, la recepcionista y la chica de comercio que mencioné se fueron de la empresa. Resonaron en mi mente las palabras de la señora White "los van a apuñalar por la espalda cuando ya no les sean útiles". Sentí feo de los tres, principalmente de la chica de comercio, pero ya lo dije más arriba: seguro fue lo mejor para ella. Me comentó que entró otro diseñador en mi lugar, y a diferencia de JB y de mí, le cayó súper bien a la jefa de diseño, incluso tal vez le gustó el chavo. Le dije que me saludara mucho a todos ahí, principalmente a JB, y nos despedimos. Cada quien siguió su camino.

Ese debía ser el final de la historia, y jamás debió salir de mi recuerdo. Es curioso cómo un solo acto puede derribar tus ideales y hacerte dar cuenta que el infierno tiene una cualidad más fuerte que el fuego, el tormento y demás. El infierno es constante y probablemente eterno, como tanto rezan todas las religiones.



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Es un domingo, previo a las celebraciones de independencia. Voy camino al trabajo, pensando un poco en lo que ha sido de mí en este tiempo. Mi familia me ha pedido que los apoye en la joyería en lo que consigo trabajo, y en esas ando. Ya tengo 29 años desde hace un mes, y vaya que he aprendido bastante en estos meses. No tengo aún trabajo fijo, y estoy volviendo a bajar de peso al carecer otra vez de dinero para comer bien, igual que hace casi un año, pero ya tengo más experiencia, aprendí muchísimas cosas en aquel lugar aunque no me guste admitirlo: ya puedo prescindir de Dreamweaver para diseño web y usar un vil editor de textos (como debe ser), y aprendí a usar el pinche Corel al nivel que sé usar Illustrator, entre otros; por otro lado, tengo ya recuerdos diferentes a los que coleccioné los 8 años que fui joyero, sin contar a toda la gente que conocí, y aunque sigo sin tener la respuesta a qué chingados debo entender cuando alguien me diga que "a un diseño le falta diseño", ya tengo más nociones para algún día responderla a satisfacción.

Ya que estoy por llegar al trabajo, suena mi teléfono. Es un mensaje de JB. Otra prueba que el destino está demasiado bien estructurado como para que la casualidad pudiese existir. Siento una grata sorpresa y alegría saber de ella, hechas trizas en un momento, como ya había experimentado antes.


La razón de su mensaje es para contarme que la corrieron.


Según el hijo de los dueños, su única razón fue que ya no era requerida en la empresa, así que le pidió pasar por su liquidación al día siguiente, y ella quiso saber cómo lo había manejado yo, para saber cuánto debía exigir de acuerdo a la ley. Tras una larga pausa solamente atino a decirle que yo no aplicaba para liquidación debido al convenio que firmé por siempre llegar tarde, pero le paso el link a una página donde se puede cotizar todo eso.

Sigue mandando mensajes, desahogándose un poco de aquel miserable lugar, de la mala vibra, los corajes y demás, pero no pongo atención. No puedo ya pensar. Resuena con más fuerza el recuerdo. "Los van a apuñalar por la espalda".  ¿Qué esperan entonces esos pinches judíos? ¿Quieren pura gente neurótica y malcogida? Obviamente yo no era un buen elemento, pero ¿por qué se deshacen de los que sí lo son? Primero la señora White, luego la de comercio, y ahora JB. Tengo ganas de llorar, pero no puedo. Siempre he pensado que a la gente buena no le debería suceder cosas malas. Pero no es así. ¡Abre los ojos! ¿En qué mundo crees que vives? Si en verdad crees que a la gente buena no le debería suceder nada malo, o eres verdaderamente estúpido, o no entiendes cómo funcionan las cosas.

Pero entonces ¿Por qué pienso así? ¿Quién me dio esas creencias pendejas? ¿Por qué intento ser alguien moral en un mundo inmoral? ¿Por qué me da por llorar por cosas que a la larga ni son mi problema? ¿Quién les dijo que me agrada esta vida? ¿Tengo que volverme una persona déspota, amargada y malvibrosa como la jefa de diseño para que me vaya bien en la vida? ¿Será que quien está equivocado en su actuar soy yo y no ella? Y de ser así ¿por qué sigo intentando convencerme de lo contrario? Quizá sería más feliz si pudiese dejar mi sentido común y me volviese un hijo de la chingada. Mínimo no me quejaría tanto, y en vez de haber aguantado las malas vibras en esa oficina de mierda por culpa de sus actitudes inmaduras y pendejas, les hubiese dado a todos razones sólidas y verdaderas para que me odiasen, sobre todo a esa puta gata malcogida que tuve por jefa.

Mis manos tiemblan de rabia. Tengo un nudo en la garganta. Solamente atino a encender un cigarro y concentrarme en el humo que exhalo tras unos segundos, como implorando disolverme junto con él. Tengo 29 años, mi hoy está lleno de ayer, y entre más abro los ojos, más miserable me siento. Creo que ahora entiendo por qué me aferré ocho años a la monotonía de la joyería. Bien dicen que más vale malo conocido...



Recibo otro mensaje de JB. Me agradece la ayuda y dice sentirse mejor al haberse desahogado de todo lo que tuvo que aguantar, y me agradece el haberme conocido; promete que algún día irá a visitarme a la joyería para ir a tomar un café y platicar con calma.

Se me pasa el coraje al leer eso. Me recuerda que no todo fue malo. Conocí muy pocas personas buenas, pero eso hizo que valiera la pena aguantar todo aquello. Es difícil generalizar cuando conoces tan poco de la vida. Sin embargo, es lo más sencillo que se puede hacer en nuestros pequeños y frágiles mundos. Observas la forma de ser de unos cuantos y puedes casi adivinar sin falla quiénes son iguales. Pero hasta ahora sólo pensaba qué tiene en común la gente que odio y me odia; no reparé jamás en los parecidos de la gente que aprecio y -de algún modo- me aprecia. Quizá yo también soy de esos que primero se mueren a admitir que están equivocados, pero - incluso ahora - me niego a rebajarme al nivel de quienes me han odiado y pagarles con la misma moneda.

Vuelvo al teléfono. Le agradezco a JB sus buenos deseos con el corazón en un puño, y le deseo lo mejor para lo que venga. Me desea que consiga trabajo pronto y finaliza diciendo que nos volveremos a ver algún día. Me manda un beso, y después estoy solo...





Decidido: los escritores de verdad no alargan sus historias solamente para engrosar sus libros y parecer expertos en sus temas. Es todo un reto y un arte expresarse correctamente, sobre todo para quienes no somos escritores pero necesitamos catarsis, anhelando hallar un momento de paz mental entre todo este infierno constante y eterno.